Me entero gracias a doña Tania, que parece que se anima en el uso del twitter, del artículo de don Ramón Cotarelo en Público. Pues es una pena. Vaya oportunidad perdida el articulito, que se limita a una especie de explicación de algo que ya sabemos todos, que las primarias del PSM no son abiertas, y a discutir uno de los argumentos más tontos que se plantean contra las primarias abiertas, como es que los militantes de otro partido se infiltren en el electorado para tratar de desviar el resultado hacia algo más favorable a los intereses de sus propios partidos. Un argumento, que, por idiota, no merecería la pena ni considerar: es como decir que hay que quitar los semáforos, porque hay quien se los salta.

Diría que en nuestra democracia, el poder político no está realmente en el Parlamento, ni siquiera en el ejecutivo. Está en las direcciones de los grandes partidos, que son las que deciden desde fuera, los resultados de las votaciones parlamentarias. Nuestros diputados votan en cada asunto en función de lo que se decide en las ejecutivas de sus partidos, y no en consideración de los intereses de sus representados y representadas. La soberanía se rompe cuando los diputados dejan de considerarse representantes de la gente que les ha votado (o incluso de la que no) y empiezan a representar a las direcciones de sus partidos. Barbaridades democráticas como aquello de que “el que se mueve no sale en la foto” o considerar que los escaños son propiedad de los partidos y no de los diputados o las diputadas que s sientan en ellos son manifestaciones claras de la escasa calidad democrática de nuestros sistema parlamentario y del poco convencimiento democrático que tienen en realidad los padres y las madres de nuestra patria.

También diría que no hay juego democrático ni parlamentario en la democracia española. No se forman mayorías y minorías en torno a los grandes o pequeños asuntos, sino que se las mayorías se forman en una sola ocasión, normalmente a principios de cada legislatura, y por lo general, son ya inamovibles. Valen, generalmente, para todo.

Diría, si me invitaran a escribir un artículo sobre las elecciones primarias abiertas en un diario de distribución nacional, que en realidad nos encontramos ante una necesidad de democratizar los partidos para reformar la democracia. Izquierda Unida y la UPyD hacen un uso cicatero e hipócrita de sus demandas de reforma electoral, porque con cambiar el sistema de reparto de escaños, les bastaría, pero no quieren ni oír hablar de medidas que dieran más poder a la ciudadanía, frente a la estructura de los partidos.

Y citaría algunos ejemplos: ¿por qué los partidos han podido firmar un pacto antitransfuguismo que no combate el transfuguismo en la mayor parte de los casos, y sí frecuentemente la aparición de minorías contestatarias, y en cambio ni han intentado ponerse de acuerdo –ni se les habrá ocurrido- sobre la necesidad de acabar con los “paracaidistas”, que no representan otra cosa que a la dirección del partido en las circunscripciones, como demuestra el caso de Trinidad Jiménez? ¿Por qué, si en un debate sobre cualquier cosa en el que haya representantes de todos los partidos políticos, y muy enfrentados entre ellos, alguien de entre el público levanta la mano, y tímidamente dice que es partidario de las listas abiertas, enseguida cambian todos el gesto, se ponen milagrosamente de acuerdo y, muy serios, hacen llamamientos a la responsabilidad ante tal medida que a primera vista parece buena, pero en realidad es muy mala y antidemocrática?

Afirmaría mi convencimiento de que nuestra democracia necesita reformas. Muchas reformas, y muchas de ellas políticas. Diría que es preciso reformar el sistema electoral, pero no sólo en el sentido propuesto por IU y UPyD. Reconocería que si se corrigiese el sistema de recuento para mejorar la fidelidad con que el Parlamento representa a la ciudadanía, mejoraría la calidad democrática, pero de manera prácticamente insignificante, porque el poder real seguiría en manos de las direcciones de los partidos, que son los que hacen la “foto” esa que nunca sale movida, ya que aumentaría el poder de los partidos llamados “pequeños”, pero sería un espejismo, porque el poder que aumentaría en realidad es el de las direcciones de los partidos considerados “pequeños”. Y me mostraría convencido de que la capacidad de decidir quién se presenta a las elecciones debe estar en manos, como mínimo, de la militancia, pero preferiblemente del electorado al que van a representar, y no entro en el método. También diría que las circunscripciones deben ser más pequeñas y que el ratio diputado/representados debe ser menor.

Además, me mostraría partidario de introducir medidas que obligasen a los representantes a trabajar en sus circunscripciones, y a conocerlas, así como de favorecer el uso de las redes sociales y las tecnologías de la información y la comunicación para la relación política entre representantes y representados, y por supuesto abogaría por  acabar con cosas absolutamente antidemocráticas como son la disciplina de voto o la hiperregulación de los debates.

Nadie dijo nunca que la democracia fuera fácil, y además, nadie me ha pedido mi opinión sobre el tema. Por eso, en lugar de escribirla en Público, pues la escribo en mi triste blog.

Venga... meta ruido por ahí



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