Pues es que yo no conocí a José Antonio Labordeta. Pudiera haber ocurrido que le conociera, ya que algún tío mío -mi familia procede de Zaragoza- participó con él en la edición de Andalán, y creo que alguna relación conservaron pasado el tiempo. Pero lo cierto es que no le conocí más que por sus canciones, que desde pequñito escuchaba en unas casettes que me compraba en el Rastro, ante la mirada asombrada de mi madre. Me sé de memoria algunas -muchas- de sus canciones, porque yo siempre he sido muy de himnos, pero, insisto, como no le conocí, pues tengo que hacer mío alguno de los artículos que he leído esta mañana. Y les va a sorprender, porque el artículo que he decidido hacer mío es el de una persona abyecta, porque resulta que las personas abyectas a veces, también pueden ser normales. Me refiero a la columna de Federico Jiménez Losantos que hoy publica El Mundo en su página 2 . Y lo elijo por varias razones. En primer lugar, porque en el Labordeta que describe reconozco a algunas personas a las que yo he conocido, y sobre las cuales no quisiera tener que escribir artículos similares, y también porque alguno de esos artículos ya los he tenido que escribir. Y porque Federico Jiménez Losantos no ha tenido que rebuscar en su memoria algún encuentro, algún exabrupto, alguna anécdota con Labordeta para encontrar algo de qué escribir, como han tenido que hacer algunos de los oportunistas que hoy escriben sobre él. Y porque detrás del artículo de Jiménez Losantos no hay un político, un músico y un poeta, sino un maestro y un amigo, que es mucho más importante. En fin. Lo dejo con una reflexión que suelo hacer en los entierros: no me gusta decir “Ha muerto fulanito“, sino “Fulanito ha vivido“. ¿Es bueno o es malo que haya muerto? Pues depende de cómo haya vivido. Y la vida de José Antonio Labordeta, sin duda, mereció la pena -no hay más que leer hoy a Jiménez Losantos para comprobarlo- por eso, la noticia no es del todo mala, porque la noticia es que ha vivido Labordeta.