La muerte produce siempre tristeza, pero lo cierto es que la vida siempre merece la pena, especialmente, cuando se trata de vidas como la de Marcelino Camacho, que ilumina el camino de todos los que, desorientados, nos movemos en el túnel de la incertidumbre permanente. Como dije sobre Labordeta, no le concí, por lo tanto poco puedo decir que no sean tópicos. Sólo que Marcelino Camacho es uno de los ejemplos con los que trato de guiar mi vida. Y que me niego a lamentar su muerte, porque sólo se lamenta la muerte de las personas que no han hecho nada, de las personas cuyas vidas no han servido nada. No es el caso de Marcelino Camacho, así que -como dije con ocasión de la muerte de Labordeta- prefiero celebrar su vida.

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