Una de las personas más tontas de las que tengo noticia –gracias al Cielo, no le conozco personalmente, pero ustedes saben de él porque firma POCHOLO (así, con mayúsculas, porque además de tonto es un maleducado)- hizo ayer o anteayer una valiente denuncia contra mi oronda persona a través de esta misma pantalla: soy empresario, y desempeño mi actividad profesional a través de una sociedad limitada de la que soy orgulloso propietario. Es curioso que la revelación del preclaro y audaz investigador se haya producido justo un par de días más tarde de que yo mismo haya puesto en conocimiento del sindicato al que quiero afiliarme tal circunstancia, por si fuera obstáculo para la tal afiliación. En fin, es una simple anécdota que les cuento, para arrancar con lo que en realidad pretendo poner en su conocimiento, porque ya les anuncié hace unos días que intentaría afiliarme a la CGT, y al final, pues no ha podido ser, precisamente, debido a mi condición de empresario.

Como miembro de CCOO viví dos procesos de represión sindical en  los dos periódicos en que trabajé –El Norte de Castilla y El Mundo de Valladolid-, y de ambos procesos salí despedido. El primero se desencadenó como consecuencia de unas demandas salariales, y el segundo caso por unas elecciones sindicales en las que la empresa patrocinó una de las candidaturas en liza, con episodios como una misteriosa paliza a uno de los candidatos –el de CGT, precisamente- y su despido –en aquella época los despidos se camuflaban no renovando contratos-, después de salir elegido, y luego el mío, cuando estaba a punto de “heredar” la plaza. De ambos periódicos fui despedido –no renovado- precisamente como consecuencia de mi actividad sindical. Otros compañeros también fueron despedidos en ese proceso en el que CCOO, nuestros sindicato, no se comprometió demasiado en nuestro apoyo.

A CCOO no le gustó nunca demasiado la Agrupación de Periodistas, porque en ella convivíamos una mayoría que éramos militantes del sindicato, y otros en cambio, que no lo eran. Teníamos un “status” especial, porque se nos permitía actuar como si fueramos una agrupación del sindicato, se nos dejaba usar locales y otras dependencias, y CCOO apoyaba con sus logos nuestras candidaturas, pero cuando nos enfrentamos con los periódicos, desde posiciones tengo que reconocer que bastante intransigentes, aunque no por ello menos razonables, CCOO no estuvo dispuesta a seguir apoyándanos y nos “intervinieron”. Vino una delegación de Madrid que nos “bronqueó” y exigió que la Agrupación se integrase en la estructura y en la disciplina de CCOO. Otras personas que conocen este asunto también de primera mano y que hoy son cercanas a mí en ámbitos más políticos que sindicales podrán discrepar de mis interpretaciones de los hechos, pero no de los hechos en sí. Todo este proceso duró unos 3 años, y en 1992 me vine a vivir a Madrid, y ya no renové mi afiliación a CCOO. Durante este tiempo le he considerado mi sindicato, aunque cada vez con menos intensidad, pero el recuerdo de los acontecimientos de Valladolid me impedía afiliarme.

En Valladolid, también hice amigos de la CGT, entre ellos Ángel Cantalapiedara, insumiso histórico e hijo de un compañero y gran persona que trabajaba en El Norte como conserje, llamado también Ángel. Ángel hijo fue el primer insumiso que hubo en Valladolid, o al menos el primero que llegó a ser encarcelado, y se comió toda la condena en segundo grado, porque en aquella época, lo del tercer grado no había llegado aún para los insumisos. Recuerdo aquellas tardes en la redacción de El Norte. Venía Ángel padre y me decía: “pero Ricardo, dile algo a Angelito, que me lo meten en la cárcel, a ver si tú puedes hacer que entre en razón”, para que yo le convenciera de que fuese a la mili  o a la PSS, supongo, y así se evitase la cárcel. Y él se sorprendía cuando yo le respondía: “Pero Ángel, qué le voy a decir yo a Angelito, si yo pienso hacer lo mismo”. El respeto reverencial e injustificado que sentía por los periodistas le debía tranquilizar, pero a los pocos días, volvía con lo mismo. Me entrullaron seis años después que a Angelito –cuando las condiciones eran mucho más cómodas, por cierto- y los dos ángeles, padre e hijo, llamaron a mi madre y le dieron un gran apoyo cuando me detuvieron.

En fin, que les cuento todo esto, porque a raíz de Ángel hijo, que era militante de CGT, conocí a gente de CGT y hable´bastante con ellos. Estuve a punto de afiliarme entonces, pero en aquella época no admitían a militantes de partidos políticos. Aquel fue mi primer contacto con un sindicato al que he seguido luego con atención porque me parece que hacen un sindicalismo más cercano a los centros de trabajo que el de CCOO y UGT, y menos dependiente tanto de fondos públicos como de voluntades confederales que pueden tener –y de hecho tienen- todo tipo de hipotecas con poderes del más diverso calado.

Por otra parte, ahora, en el contexto actual de ataque sin precedentes a los derechos sociales y a los derechos de los trabajadores conquistados durante luchas que han durado décadas y siglos, con los sindicatos de clase en el centro de un ataque profundo por parte de la derecha y sus asimilados, he sentido la necesidad de afiliarme de nuevo, y resulta que ahora, el sindicato en el que pienso como “mío”, en cuya órbita me siento, y en el que sé que militan personas bastante cercanas a mis posiciones políticas actuales; el que practica el sindicalismo que creo que hay que fortalecer, es CGT. Soy consciente, sin embargo de que puede haber cierta incompatibilidad entre mi situación actual y la militancia en CGT –y quizás en cualquier otro sindicato- así que les escribí el otro día un correo planteándolo. Esta ha sido la respuesta:

“Si eres empresario o autonomo  con trabajadores contratados no puedes afiliarte a CGT; según nuestros estatutos los unicos que no se pueden afiliar son empresarios o personas  con trabajadores contratados a su cargo,  fuerzas de seguridad del estado, funcionarios de prisiones y guardias jurados.”

No ha podido ser, así que ya saben ustedes: a partir de hoy mi sindicato es CGT, aunque no pueda afiliarme a él.

Venga... meta ruido por ahí