Yo qué quieren que les diga, soy un poco chungo. Hace unos meses, tras la purga del doctor Montes, un pariente mío murió sin sedación alguna, entre grandes sufrimientos y de la peor manera que se puedan imaginar ustedes, en un hospital madrileño. El único pensamiento que me sugiere ahora la llorosa Esperanza Aguirre -una persona miserable y capaz de usar su propia enfermedad para hacer exhibicionismo político y tratar de obtener rédito electoral, además de responsable del sufrimiento de miles y miles de pacientes terminales madrileños desde hace ya varios años- es que a cada cerdo le llega su San Martín. Aunque sé -y me parece lo correcto- que llegado el momento, ella recibirá la sedación que precise. Y con la  Bendición Apostólica de Su Santidad.

Por cierto, esta mujer, incluso cuando habla de su enfermedad, miente.