Y hay, por último, un cuarto elemento. Todas estas reformas, hablemos claro, han sido impuestas desde la estructura menos democrática posible: la Unión Europea. No se trata solo de que el Parlamento Europeo solo sirva como refugio dorado –estoy por presentarme aunque no me gusten las coles- sino de que toda la política económica europea ha adquirido una realidad ajena a los ciudadanos que ni la eligen ni la votan ni la pueden reelegir o no. Sin embargo, gobierna y dicta la política económica de los países –cuando menos, de los protectorados-.

Somos conscientes de que la idea de un contrato social como origen legítimo del estado nunca fue real. Pero también presentimos que nos alejamos de ella. La ciudadanía no puede reducirse a votar cada cuatro años a unas instituciones cuya finalidad, precisamente, es la negación de esa ciudadanía. Alguien debería comenzar a cuestionar el pacto no para rechazarlo sino para hacerlo real. Porque detrás de la destrucción del pacto, o ya delante, está la destrucción de estado social del bienestar. Y de la democracia.

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