AtascosNo es ningún secreto que coqueteo con el proyecto EQUO, hoy una fundación pero mañana un partido político, espero que realmente de nuevo tipo y sin los vicios organizativos de los de esa extraña prórroga del siglo XIX que fue el XX, claramente de izquierdas y con la vista puesta en aprovechar las dos grandes contradicciones conocidas hasta la fecha del capitalismo -la social y la ambiental- para superarlo y construir ese otro mundo que siempre aseguramos que es posible.

Una de las cosas de “los verdes” que no entiendo es el afán por convencer a todo el mundo de la bondad de su propuesta antes de llevarla a cabo: concienciar y educar. Yo no puedo olvidar mi formación (imaginaria) soviética, y creo que a veces, pues hay que imponer las cosas.

Que dice el PP que cambiar por decreto la velocidad máxima de 120 a 110 kilómetros por hora es “soviético”. La respuesta es sencilla: ¿y qué? Está bien concienciar a la gente sobre las bondades del transporte público y la necesidad de dejar el coche privado en casa cuando se vive en López de Hoyos y se trabaja en la Plaza de Castilla, por mucho que le moleste a la cochina de la Concejala de Medio Ambiente. Pero como nadie va a dejar el coche en casa, salvo que se exponga a una multa del copón, lo que hay que hacer es prohibir el uso del coche para traslados dentro de la misma ciudad y potenciar el transporte público. Y punto pelota. Al que no le guste, pues que escriba cartas al director en los diarios, que la indignación suele dar lugar a memorables piezas epistolares.

Y como lo de los coches, muchas otras cosas. Porque digo yo: si un hospital se puede privatizar no ya con un decreto, sino con un pliego de condiciones para un procedimiento de contratación pública, y nadie dice que eso sea soviético –porque en realidad es siciliano-, no entiendo yo la razón por la que no se puede prohibir el uso del coche privado. O si se pueden cambiar las reglas del juego de sistema de pensiones mediante un acuerdo privado entre el gobierno y unas organizaciones sociales que se arrogan la representación de toda la sociedad, pasando por alto al Parlamento, que queda relegado a dar el visto bueno –quiera o no- al acuerdo, digo yo que se podrá impedir que los coches privados salgan a ensuciar la calle en determinados momentos. Y son sólo un par de ejemplos.

A la larga, la gente dejará de usar el coche en traslados cortos, si funciona la política del palo y la zanahoria: prohibido usar el coche, y buen transporte público. En Madrid tenemos un buen sistema de transporte público; mejorable, sin duda, pero suficiente. Queda pues, sólo la prohibición para completar la ecuación. Prohibamos, pues, con alegría.

Que digo yo, vamos, que no pasa nada por ser soviéticos…

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