Paul Klee (Alemania) Angelus_NovusEl viernes, en el parque, mientras don Artur peloteaba con sus amiguitos -amigotes, diría yo, que los niños, todos menos el mío, me parecen siniestros enemigos a batir-, leí el libro del que habla todo el mundo, ese llamamiento a la “rebelión pacífica” que reseñan incluso en Informe Semanal.  Me quedé como con ganas de más.

Qué duda cabe de que el libro es interesante. Las reflexiones de alguien que formó parte de la Resistencia Francesa y que participó en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, acerca de la crisis actual, que no sólo es económica, que es social, cultural, de valores, y sobre todo, política, son sin duda extremadamente interesantes ¿Qué habrían hecho hoy quienes hace setenta años comprometieron sus vidas en la lucha contra el fascismo?

Es evidente la pertinencia de la pregunta: si nos preguntamos eso, si alguien que vivió el fascismo en su momento de mayor auge y se comprometió en la lucha por erradicarlo hasta el punto de arriesgar su propia vida, se pregunta por el mundo actual estableciendo un paralelismo con el suyo, y Stéphane Hessel lo hace, es porque hay algún paralelismo, alguna semejanza, algún elemento común entre aquel oscuro mundo de los años treinta en el que la posibilidad de profundizar las entonces incipientes democracias se truncó con la aparición del fascismo como marioneta de “los pudientes”, y el término, que parece pensado para no usar “burguesía”, no lo elijo yo, sino que es el que emplea Hessel en su librito. Que luego, salvo en España, perdieran el control de su marioneta, es otro asunto.

¿Cuál es ese paralelismo? Parece evidente: el peligro real ante el que nos encontramos actualmente de que se consolide un nuevo totalitarismo en el mundo actual –el de los mercados financieros como fuente de verdad y voluntad política, el de los teóricos neoliberales que pretenden convencernos de que la economía está fuera del debate político, porque han convertido en ciencia lo que es ideología, para imponernos como única vía posible la suya- y de que ese totalitarismo derive, finalmente –está ocurriendo ya- en nuevas formas de autoritarismo, especialmente si, como parece que podría llegar a ocurrir, y ojalá así sea, hay resistencia.

Todo este planteamiento me parece correcto, y lo comparto. Sin embargo, al principio dije que la lectura del libro me dejó con cierto sabor a poco, como si faltase algo, como si hubiera, incluso, algo contradictorio en la aguda e interesante reflexión de Hessel, que no termina de decirnos cuál es la causa de su indignación, atribuyéndole gran importancia a grandes injusticias concretas como fuente de indignación –como las violaciones de los derechos humanos de los palestinos por parte del ejército israelí- pero sin acabar de decir lo que parece que sobrevuela todo el rato: que la principal contradicción, que la principal fuente de indignación, hoy, como en los años treinta, sigue siendo la injusticia de clase, y que por lo tanto la rebelión, hoy, como antes, debe ser de clase. Apelaciones a la supuesta “capacidad de las sociedades modernas para lograr la superación de los conflictos a través de una mutua comprensión y una atenta paciencia”,  llaman la atención, porque parecen poner el origen de la crisis en el choque cultural y no en el de clase. Los conflictos culturales quizás se puedan resolver con comprensión y paciencia. Los de clase, sólo se pueden resolver con la destrucción total del enemigo, que es enemigo, y no adversario, ni diferente.

También me llama mucho la atención el espacio que dedica Hessel a hablar sobre la violencia para llamar a su insurrección pacífica.  Algo no cuadra. Es como si no se creyera lo que dice, como si el Angelus Novus de Paul Klee que encabeza el libro, lo que tratase de espantar a manotazos no fuera en realidad “esa tempestad a la que llamamos progreso”, ni al capitalismo desbocado, sino algo que el propio Hessel sabe, aunque se niegue a reconocerlo, que es inevitable, como es el uso de la violencia como herramienta tan eficaz como legítima de resistencia frente al nuevo totalitarismo.

No parece muy razonable elegir la Resistencia Francesa como modelo para una rebelión pacífica. La Resistencia, como reconoce el propio Hessel, no dudó en hacer descarrilar trenes, poner bombas y matar personas. Quizás, el modelo elegido por Hessel, si quiere llamar a la rebelión pacífica, debía haber sido Martin Luther King o Mahatma Gandhi.  Por estas razones sorprende un poco en boca de quien fue militante de la Resistencia Francesa la constante confusión entre violencia y terrorismo de que hace gala Hessel, especialmente cuando unas páginas antes ha dicho que la reacción popular a la ocupación “no puede ser exclusivamente no violenta”, en referencia a la ocupación y sitio de Gaza. ¿En qué quedamos? ¿Violencia o no violencia?

¿Es verdadera la libertad política en las actuales democracias europeas, o es una simple fantasía?¿Ha sido realmente un logro la destrucción del imperio soviético –así lo llama Hessel- o ha dado lugar, más bien a una nueva forma de totalitarismo? ¿Vivimos hoy mejor que cuando la URSS estaba en pie? Y me refiero no sólo a nosotros, los occidentales, sino también a los rusos. ¿Tenemos más derechos? ¿Disfrutamos de más libertades? ¿Hay menos diferencias entre ricos y pobres? ¿Dónde reside realmente el poder político? ¿Podemos decir tranquilamente que los derechos sociales conquistados en Europa tras la segunda guerra Mundial no están en peligro?

En mi opinión, la respuesta todas las preguntas anteriores es la peor de las opciones posibles. Hay, como advierte el libro, un nuevo totalitarismo imponiéndose, un nuevo totalitarismo que necesariamente derivará en formas de autoritarismo más o menos evidentes que habrá que combatir cuanto antes y por todo los medios. Por eso, pienso que debemos secundar el llamamiento de Hessel a la rebelión, pacífica o no, con las herramientas que en cada momento consideremos oportunas.

Así que, como decía el otro día alguien en el Facebook: “indignados ya estamos, pero faltan huevos”.

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