Algo que ocurrió ayer me vino a resolver, súbitamente, un asunto que me traía por la calle de la amargura desde hacía lo menos un año. Se trata del manifiesto que han firmado varios intelectuales pidiendo la reconstrucción de la izquierda. Después del consabido momento inicial de especulaciones acerca de quién estaba “realmente detrás”, y de hablar con unos y con otras, decidí juzgarlo únicamente por su contenido, y no por quién lo firma o por quién llama a quién para pedirle que lo firme. La presencia entre los firmantes de personas de procedencia de lo más diversa debería impedirnos pensar que se trata de una maniobra de un partido concreto.

Pero no es el manifiesto en sí lo que quiero comentar en esta columna, sino el hecho de que ese texto y ese breve momento de sentido común que me impulsó a valorarlo por su contenido y no por sus firmantes, me llevaron también a ver la luz. Si se nos está pidiendo a los militantes y a los votantes de las izquierdas alternativas que dejemos de lado los intereses de grupo e identitarios, y tratemos de encontrar espacios de colaboración y de reconstrucción de la izquierda; si estamos viendo en la calle que el modelo de partido político que nació en el siglo XIX hace aguas por todas partes; si parece que todos coincidimos en que hacen falta formas más abiertas y transparentes de participar en la política… ¿por qué me encuentro desde hace un año ante la más que difícil imposible disyuntiva de elegir una de dos partes que creo que aportarían más y mejor a la sociedad actuando en conjunto y no en contraposición, intereses de grupo aparte?

De mis años de militancia en Izquierda Unida, especialmente de los últimos, aprendí una cosa: no vuelvo a sacrificar mis posiciones políticas a las del partido al que pertenezco, y no vuelvo a dar la cara por un partido o por un dirigente si no estoy convencido de lo que digo. La lealtad ya no es argumento suficiente. Pertenezco o no a un partido por compartir o no una parte importante de sus posiciones políticas, pero una cosa es compartirlas y otra cosa es aceptar que las posiciones del partido se superpongan a las tuyas, sean o no coincidentes. En el mundo de hoy, necesariamente abierto, por imperativo tecnológico, la militancia debe ser abierta también, y los partidos deben aceptarla, porque de lo contrario, seguirán anclados no en el siglo XX, sino en el XIX. Todo esto viene a que cierro una forma de militar, la de estar al 100 por 100 con un partido, y abro una nueva: estar al 70 por cien con dos partidos. De esta manera, en lugar de estar al 100 por 100, estoy al 140 por 100. Y no es un juego de palabras: es que creo realmente que si las izquierdas alternativas fuesen capaces no ya de colaborar, ni de presentar candidaturas alternativas, sino simplemente de reconocerse entre ellas como parte de una misma cosa, como representante de un mismo interés, probablemente no sólo maximizarían sus apoyos, sino que además, abrirían un proceso irreversible de unidad real.

Hace al menos un año, quizás más, que me encuentro muy incómodo en Izquierda Unida. Hay cosas que no me gustan, que no me gustan nada, pero eso tampoco es nada nuevo. Han sido 22 años de militancia, y sólo 3 de ellos en la mayoría. Lo que me ocurre ahora es algo más que estar en minoría. Sin embargo, y a pesar de que desde hace un año largo se viene produciendo un goteo de abandonos de IU por parte de muchos amigos míos, y de personas muy cercanas políticamente a mí, y de que otras, igual de cercanas que las anteriores, o incluso más, deciden quedarse, yo no he terminado de irme. “Es que no me puedo ir de IU Rivas”, les decía a unos y a otras. Era en realidad una excusa: de donde no me puedo ir es de Izquierda Unida, así, a secas, porque soy parte de IU, porque he trabajado en IU y para IU, porque he militado 23 años en IU, y porque a pesar de todas esas cosas que veo últimamente que no me gustan, sigo considerándome de IU. Por simplificar, pero todos nos entendemos, sigo siendo rojo, no he cambiado de color: creo que la lucha de clases es hoy algo más presente que nunca y mi razón para participar en la política es la construcción de un sistema político y económico socialista en el que la explotación no tenga lugar. Seré un antiguo, no digo que no, pero sigo pensando todo eso. La crisis, que en realidad no es otra cosa que la ejecución de un trasvase de rentas entre clase sociales, nos viene a dejar claro que la lucha de clases es hoy un hecho, y que el estado –incluidos nuestros estados democráticos- es el instrumento para el dominio de una clase sobre la otra. Son palabras antiguas, pero que describen muy bien el mundo de hoy mismo, el de lo que está ocurriendo en Grecia mientras escribo estas líneas. No puedo irme de Izquierda Unida, porque Izquierda Unida es la única fuerza política que sé que va a trabajar desde esos postulados, que son los míos.

Pero hay otros postulados y otras cosas que hay que tener en cuenta. Muchas de las personas que decía antes que se han ido de Izquierda Unida, y que eran –y siguen siendo- muy cercanas a mí, lo han hecho desde dos perspectivas: una, la organizativa y otra la ideológica –y una tercera en muchos casos, la personal, pero ese es otro cantar- y se han ido a intentar poner en marcha un partido político homologable con los partidos verdes europeos, con la idea de que hay mucho voto en la izquierda que puede ir a veces a IU, otras veces al PSOE, y en su mayoría a la abstención, pero que recogería de manera probablemente definitiva un partido verde que fuera capaz de acabar con la atomización que ha caracterizado hasta la fecha a esta opción en España. Ello enlaza además, probablemente por circunstancias históricas tanto como políticas, con la idea de que si aparece una nueva formación política en la izquierda, al margen del color que tenga, debe ser necesariamente de nuevo tipo, y debe traer de serie las novedades organizativas y políticas que imponen, por una parte una sociedad que cada vez está más distribuida en redes, gracias a las nuevas tecnologías, y por otra, los sucesos ocurridos en España entre el 15M y el 19J.

Por estas razones me interesa mucho EQUO. No es que hayan acabado en EQUO muchas personas que me eran muy cercanas políticamente en IU -yo mismo entre ellas, que me di de alta hace meses como socio, y no sólo como simpatizante- es que coincido absolutamente con la forma en que se está organizado el nuevo movimiento político. No sé a ustedes, pero a mí me parece maravilloso que hayamos elegido a la Mesa de Coordinación del movimiento en Madrid, y que se hayan presentado 61 candidaturas en una lista abierta. Había que votar a 12 de ellas, y hemos podido votar no sólo los socios, sino también los simpatizantes que se habían dado de alta en la equomunidad, algunos de ellos, miembros de IU o de otros partidos de izquierdas. Me dirán que eso es algo neutro políticamente, que la derecha también podría hacerlo. En teoría sí, pero lo cierto es que sólo lo ha hecho la izquierda. Bueno, una parte de la izquierda, porque algo como esto en IU es sencillamente impensable…

EQUO está naciendo como una organización política de nuevo tipo, abierta y del siglo XXI, que plantea además posiciones políticas que comparto: algunas de las rojas que he señalado más arriba –bien es cierto que con mucha menos intensidad y pasión a como las he planteado yo-, y las verdes que pretenden poner en el centro de la agenda política la sostenibilidad ambiental, social y económica. Son ideas que considero tan mías como las descritas más arriba, que vienen a lomos de un modelo organizativo que se está haciendo a sí mismo, pero que me entusiasma. Por eso, soy de EQUO y quiero participar en su conformación.

Y claro, dirán ustedes: ¿Pero se puede ser de Izquierda Unida y de EQUO, a la vez? Eso me preguntaba yo hasta ayer, y no conseguía darle respuesta a la pregunta. Por eso le rondaba a la idea tonta de “es que no me voy a ir de IU Rivas”. Pero el manifiesto me ha hecho comprender una cosa: puede tener diversas caras, pero sólo hay una izquierda a la izquierda del PSOE, sólo hay una izquierda alternativa a la que hace con sus políticas seguidismo de las recetas neoliberales para hacer pagar la crisis a los trabajadores. Y esa izquierda debe buscar las fórmulas para colaborar, para entenderse y para optimizar el apoyo electoral que –juntos o separados, pero creo que inicialmente será separados- recaben, y para no dedicar sus energías a sangrarse a sí misma, sino a desenmascarar y vencer al enemigo.

Por eso, he decidido mantener la militancia en ambas formaciones –aunque dejando un poco en off la de IU, de momento- y tratar de contribuir a que todo esto acabe, a largo plazo en la creación de una nueva formación política abierta, de nuevo tipo, transparente, democrática, radical y ecosocialista que aglutine ambas tradiciones: la verde y la roja, que separadas se dividen, pero juntas multiplican. Supongo que será complicado, que habrá roces, ciertas incompatibilidades menores que habrá que ir resolviendo, y alguna bronca, pero yo, hoy por hoy, soy de Izquierda Unida y de EQUO.

No sé si me explico.

Artículo publicado originalmente en Cuarto Poder.

Venga... meta ruido por ahí



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