Este domingo, se cumplen 38 años del golpe de estado que acabó en Chile, una vez más, con el intento de todo un pueblo de construir el socialismo democrático. El 11 de septiembre de 1973, Chile, una nación con una tradición democrática mayor que la española, una nación que tenía democracias parlamentarias y constitucionales cuando muchos países europeos tenían simples dictaduras, o imperios y emperadores que sometían a sus pueblos mediante cartas otorgadas, iniciaba un triste y siniestro camino que acabaría con miles de ciudadanos desaparecidos y una larga dictadura militar que aún, hoy día, celebran ciertos sectores de la derecha internacional, que incluso protegieron y defendieron al dictador, cuando la justicia universal le pidió cuentas.

El pueblo chileno, a través de sus instituciones democráticas, y con medios absolutamente democráticos, liderado por Salvador Allende, pretendía poner fin a la injusticia y a la pobreza, repartir la riqueza, y levantar un sistema político, social y económico en el que no cupiera la explotación. Todas estas cosas no convenían en absoluto ni a la oligarquía local, ni a las multinacionales establecidas en Chile. Ni por supuesto a los antipáticos EEUU, que no estaban dispuestos a tolerar un país socialista tan cerca de sus fronteras, y mucho menos democrático.

Por estos motivos, después de todo tipo de presiones, como huelgas de ciertos sectores y otros intentos por desestabilizar al gobierno democrático, finalmente, un grupo de militares desleales y antipatriotas sublevaron al ejército, bombardearon el Palacio de la Moneda, sede de la presidencia de Chile, asesinaron a Salvador Allende, e impusieron una de las dictaduras más crueles que ha conocido el mundo. Su líder, el general traidor Augusto Pinochet, fue el único jefe estado del mundo que, dos años más tarde, acudió –vestido de payaso, por cierto- al entierro de esa miseria humana que por aquí conocemos como el Generalísimo.

Estados Unidos tuvo mucho que ver con aquel golpe de Estado. Ya no lo ocultan:  hasta Henry Kissinger, incomprensiblemente premio Nobel de la Paz, ha reconocido el papel que tuvo su país en la liquidación de la democracia chilena. Por eso, me parece extremadamente injusto que hoy, 38 años después de aquellos terribles acontecimientos que deberían recordarse siempre, entre otras cosas para poner a cada cual en su lugar, el único 11-S que recuerdan las actuales generaciones sea el ocurrido en Estados Unidos, país verdugo de Chile (y de tantos otros). Me parece bien que los norteamericanos honren a sus víctimas. Lo que no entiendo es que nos las impongan a todos. Son sus víctimas, no las mías. Yo ya tengo aquí, en España, otras víctimas a las que honrar.

Y el 11-S, desde luego, no honraré a quienes murieron en las torres gemelas, cuya muerte, que sólo se puede calificar de fortuita y arbitraria, lamento, desde luego. El 11-S, yo siempre honraré a Salvador Allende y a quienes murieron asesinados en los días y años que sucedieron al 11 de septiembre de 1973. Y no los honraré como víctimas, sino como lo que son: héroes, que dieron su vida por la democracia y el socialismo.

Venga... meta ruido por ahí



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