Hay personas a las que los errores, o incluso los crímenes que hubieran podido cometer en su pasado, les persiguen toda su vida, mientras que a otras enseguida se les cubre con un manto de respetabilidad. Y ello a pesar de que las primeras frecuentemente hayan pagado a la sociedad por esos crímenes, y las segundas no. Don Arnaldo Otegi y Manuel Fraga (a quien no pienso poner el don, porque no le tengo respeto alguno, ni como persona, ni como político) son dos prototipos de lo que acabo de decir.

Manuel Fraga perteneció durante toda su vida, hasta que se disolvió en 1976, al Movimiento Nacional, una organización terrorista que tras una campaña de masacres y asesinatos impunes que duró tres años, logró hacerse con el poder en España y lo mantuvo 36 años más. Desde los años 60, Manuel Fraga ocupó altos cargos en aquellos gobiernos terroristas y participó activamente al menos en dos atentados terroristas con resultado de cuatro muertes: Julian Grimau, mandado fusilar por el gobierno al que pertenecía y del que era ministro y portavoz, y los jóvenes carlistas de Montejurra, asesinados por mercenarios italianos, tal y como él mismo avisó días antes, siendo Ministro de Gobernación.

Manuel Fraga nunca se ha arrepentido de dichos crímenes, ni ha sido procesado por ellos, ni ha pasado un minuto en prisión. Tampoco elaboró una sola idea crítica contra el régimen terrorista en el que participó como alto dirigente, ni colaboró cuando su línea más moderada decidió transformarlo en una monarquía constitucional, sino que fundó un partido político, AP, que se dedicó a poner en el camino todas las piedras que encontró. Hoy, se le considera uno de los padres de la patria y ha sido senador hasta esta misma legislatura, en que ha decidido retirarse de la política activa, ahora, que –entre coma y coma- aún tiene tiempo por delante para vivir su vida…

Don Arnaldo Otegi fue miembro de ETA (pm) en el pasado, y fue capturado, juzgado y enviado a prisión, donde cumplió su condena. Posteriormente, se integró en eso que se ha dado en llamar la izquierda abertzale, y en algún momento empezó a defender posiciones si no críticas con la actividad violenta de ETA, sí claramente tendentes a crear las condiciones para que la izquierda abertzale pudiera actuar en política sin la hipoteca de la violencia etarra, que, necesariamente, debía finalizar. Desde hace ya muchos años, Arnaldo Otegi ha trabajado, con mayor o menor éxito, con mayor o menor acierto, y con mayor o menor arrojo, para conseguir el final de la violencia etarra. Acaba de ser condenado a 10 años de prisión.

La pasada primavera, un error del sistema, en el sentido más literal de la expresión, permitió que Bildu se presentara legalmente a las elecciones. Una formación política que apuesta claramente por la lucha institucional y la movilización social, que ni se plantea el uso de la violencia, y de la que forman parte dirigentes vascos de cuya trayectoria democrática nadie en su sano juicio puede dudar, entre ellos, el primer lehendakari elegido en las urnas tras la muerte de Franco. La primera vez en muchos años que la izquierda abertzale democrática se ha podido presentar legalmente a las elecciones nos ha puesto a todos ante el hecho incontestable de que los independentistas demócratas vascos son una de las tres principales formaciones políticas, y tienen un apoyo social que ya quisieran muchos otros que no han faltado en estos años de las instituciones.

En Europa hay una democracia deficitaria. En unos países es mejor, en otros es peor. La española no pasa de democracia basura. Falta de representatividad de las instituciones supuestamente representativas, robo del sufragio por parte de dos formaciones políticas burocráticas, posibilidad arbitraria de ilegalizar partidos políticos, sometimiento a los dictados de potencias extranjeras, restricciones a partidos minoritarios y nuevos para que se presenten a las elecciones, y persecución a aquellos dirigentes políticos de la izquierda abertzale que más claramente han apostado por que ETA abandone la violencia y poder actuar legalmente como cualquier otra fuerza política…

A la llamada democracia española, y en especial a las dos estructuras políticas burocráticas que la mantienen viva, el terrorismo etarra les ha sido de gran ayuda: les ha proporcionado una coartada en forma de heroica gesta democrática contra el terrorismo para mantener su sistema corrupto, les ha dado un pretexto para mantener fuera de la ley toda una opción política vasca, la que apuesta por la independencia, y les ha proporcionado un enemigo externo. Además, ha contribuido a crear un barato sentimiento  de patrioterismo español de pegatina en el capó y algarada futbolera que les permite, llegado el caso, justificar cualquier cosa. Esa y no otra es la razón por la que se persigue con una saña que de otra forma no se comprende, a dirigentes políticos como Arnaldo Otegi o Rafael Díaz Usabiaga: apuestan claramente por el fin de la violencia y trabajan para conseguirla. Y eso, la democracia española no lo va a permitir.

Si al menos mataran a alguien, ya les buscaríamos la forma de salir de prisión en cinco o seis años, pero esta deslealtad no…