A veces, está uno tan ricamente en la pescadería, pensando que se va a llevar un besugo a casa, o kilo y medio de boquerones, o una pescadilla, pero súbitamente, sobre el lecho de hielo picado aparece una ventresca de bonito. Y, a pesar de no ser creyente, y de incluso tenerle a Dios cierta tirria, pues uno no puede evitar ponerse a rezar, y pedirle a Dios, a su corte Celestial, y a esos angelotes tan pesados que siempre están meando, que, por favor, esa señora tan gorda que tiene el número 63 no se la lleve. Y a veces, la señora del 63 no se la lleva, y como uno tiene el 64, cuando el pescadero, apretando despreocupadamente el botoncito del correturnos pregunta “¿quién va?“, uno responde ansioso, y triunfate: “¡yo, yo, yo!“, y añade: “¡quiero esa ventresca!“, y mira alrededor con altanería, como diciendo al resto de clientes de la pescadería: “se joda, me la llevo yo“, y se va uno feliz, triunfante, a casa, pensando en cómo irán los avales a eQuo, y en si la policía no nos habrá obligado a levantar otra mesa de petición de avales.

Cuando ha pasado el tiempo calculado, sacan ustedes la ventresca del horno. En una sarten doran bien dos dientes de ajo cortados en rodajitas, y unos aros de guindilla, y con una cuchara, y mucho cuidado, rocían con este sofrito la ventresca. Para terminar, un chorro de vinagre de vino del de toda la vida. Nada de zarandajas de vinagres de Módena ni historias. Del de botella de plástico, del que usaban nuestras madres para despiojarnos.

Y luego, se la comen.

Ya ve, don Mitxel: dos recetas seguidas sin maicena. Lo que está aprendiendo usted conmigo,  ¿eh?

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