El ministro de Educación anunció ayer una reforma educativa que, además de abrir el paso a la subvención generalizada del bachillerato -lo cual no es ideológico, aunque lo impartan los curitas intransigentes– acaba con la asignatura de Educación para la ciudadanía, para sustituirla por otra de adoctrinamiento político conservador, con el pretexto absurdo de sacar contenidos ideológicos de la escuela, como si eso fuera posible. En cualquier caso, echo en falta que se expulse, al menos de la escuela pública (que incluye la concertada, aunque los de clase media se crean que mandan a sus hijos a colegios exclusivos) a los que imparten adoctrinamiento ideológico por excelencia: los asalariados de los curas, que enseñan a nuestros hijos que hay gente que  resucita a los tres días de que les maten entre horribles torturas, o que hay palomitas que, sin la desagradable diligencia del fornicio zoofílico, fecundan vírgenes de las que nacen dioses que también son hombres, y además son sus propios padres. Tres en uno.

La verdad existe, no cabe duda, y la escuela pública debe transmitírsela a nuestros jóvenes. Yo, como padre de un alumno que acude todos los días a la escuela pública, quiero que ésta me ayude a evitar la aparición de sentimientos viciosos como a homofobia y el machismo, y quiero que me ayuden a que aprenda que él y la razón son su único Dios, y que no hay otro; y además, no quiero que viva eso como algo negativo, porque no lo es en absoluto: somos dueños de nuestros destinos, dentro de nuestras limitaciones, sin que nadie nos imponga nada irracional desde fuera. Ya saben: aquello de “ni en dioses, reyes ni trubunos…” No nos falta Dios, sino que nos sobra, en la escuela y en la vida, y el daño que ha hecho, y que transmitimos inconscientemente a nuestros hijos, porque nosotros mismos hemos recibido una educación viciada por décadas de mamoneo católico, debe ser borrado desde la propia escuela.

La nueva asignatura que plantea el ministro es tan controvertida -es la palabra que usa el ministro casi como sinónima de ideológico- como la anterior, sólo que ésta está inspirada en contravalores negativos y conservadores. Yo no quiero que enseñen a mi hijo en la escuela que vive en una sociedad democrática y que la Constitución garantiza la libertad y la igualdad porque sé -no lo opino, lo sé- que es mentira, que es una falsedad, y no quiero que se dé cuenta de ello cuando un día un antidisturbios le salte los dientes en la calle por participar en una protesta que no es del agrado del gobierno de turno, o un sacerdote le recrimine por la calle que vaya de la mano con su novio o le impida casarse con él. Yo quiero que a mi hijo le enseñen la verdad: que esta sociedad está en pleno proceso de reacción y vuelta atrás en lo cultural, en lo social y en lo político, y que lo que debe hacer es rebelarse. Y quiero que le den herramientas acordes a su edad y condición, para que esa rebelión se convierta en una actitud permanente en su vida. Naturalmente que eso es controvertido, o ideológico: como todo lo que se enseña y lo que no se enseña en la escuela. ¿O no es acaso una decisión ideológica no enseñar en ciencias naturales a nuestros jóvenes que la Creación es el origen de todas las cosas? Y todo se andará…

Además, creo que los padres no tenemos derecho a inculcar a nuestros hijos contravalores que atenten contra la dignidad de las personas, por muy padres suyos que seamos, y creo que el sistema, a través de la escuela y de otras estructuras, como los servicios sociales, debe intervenir para evitar que esos contravalores hagan presa en los jóvenes. Quiero decir que si los padres católicos deciden atender el llamado que les hacen desde los altares de explicar a sus hijos que la homosexualidad es algún tipo de enfermedad, pecado o vicio, o que las mujeres deben soportar en silencio las palizas de sus maridos, porque eso imprime carácter y así se parecen más a Cenicienta, la escuela pública -la única que debería existir- debe combartirlo activamente, mediante la impartición de asignaturas que les enseñen dignidad y respeto a las personas. Y si la escuela fracasa, pues ya es cosa de los servicios sociales.

Todo estoy es ideológico, naturalmente. Tan ideológico como esto que va a hacer ahora el PP de enseñar a las criaturas que el sistema funciona, que la Constitución articula nuestra felicidad, pero que cuando acaben la enseñanza obligatoria sólo tienen una opción: la ausencia absoluta de futuro. Eso sí, es posible que mientras estén en el cole, venga el estado con vales de comida. Porque esto es Europa, que da lecciones al mundo.