A los cinco minutos vinieron dos residentes chicas que nos habían estado manoseando toda la noche –con bastante poca pericia, en una estuve a punto de darle un manotazo a la rubia, que tardó más de diez minutos en ponerle a Lucía el sensor en la cabecita. Quería matarla-. Me separaron las piernas con aburrimiento y un segundo después, cambiaron al unísono su gesto cansino (bovino, diría yo) por el de terror; como si tuviera ahí dentro a Elizabeth, la mestiza entre dos razas, hija de Robin (humana) y un lagarto de V que salió pitando ¿os acordáis?.

Se pusieron a manotear y gritar por el pasillo y un minuto después tenía a dos o tres miembros del equipo médico mirándome la entrepierna. Tenía la mitad de la cabeza de Lucía fuera.

-Al paritorio, ¡YA MISMO!- gritó una con un gorro azul y guantes. Y se fueron todos corriendo en comandita con los brazos muy bien esterilizados en posición “estoy de urgencias y abro la puerta del quirófano de espaldas y con el culo”.

Pero se olvidaron de mi. Os lo juro, creedme que no os miento. Me quedé sola.

Eduardo Mendoza mola, pero mola mucho más Merche Negro. No entiendo que la fama se la lleve él, la verdad.

Venga... meta ruido por ahí