Me escribe un amigo en un mensaje privado por el twitter: “¿Por qué no tenemos un Tsipras español? ¿Quién es?”. Le contesto que no lo tenemos… aún. Pero que llegado el caso, lo tendremos, y le digo que le enviaré un correo explicándole mejor lo que pienso. Al final, no es un correo, sino entrada..

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Es evidente que hay diferencias entre la sociedad griega y la española, pero ambas, como el resto de las sociedades europeas coinciden en algo fundamental: son sociedades de clase media. Por definición, las clases medias son egoístas y sus miembros creen que la salida a los problemas sociales y económicos es individual. Los miembros de la clase media no tienen conciencia de clase, no consideran que mejorando la situación de sus iguales mejoran su propia situación: más bien compiten con sus iguales por los recursos. Son depredadores exhibicionistas. La clase media se compone de diferentes subestratos y lo más parecido que hay a la conciencia de clase es la envidia entre estos subestratos. Habitualmente, los miembros de la clase media imitan y tratan de comportarse como el estrato social que tienen inmediatamente por encima en cuanto a poder adquisitivo. De ahí la pasión de ciertos sectores de la clase media por llevar a sus hijos a colegios concertados, manteniendo la ficción de que “eligen” una “buena educación”, por hacerse seguros privados médicos para usarlos una vez al año yendo al mismo y “exclusivo” ginecólogo o pediatra que les atendería en el centro de salud de su barrio, o por votar a los partidos políticos que luego, cuando ejercen el poder, gobiernan en realidad contra sus intereses económicos, pero siguiendo el ritual que la clase media espera de ellos. Vil y servil: mano dura con los parados que hacen sus chapucillas -que por cierto, también son de clase media y hablan con desprecio de sudacas y moros que han venido en patera para robarles el trabajo y hacer quebrar la sanidad operándose compulsivamente-, pero hombre, por Dios, cómo quiere usted que le haga una factura por esto, que ya sabe usted que entonces le tengo que poner el IVA…

Esa es la clase media. Y esa clase media, es la misma o muy parecida en España, en Grecia, en Portugal, en Alemania, en Irlanda… en general, en todos los países de la UE. Que en cada país tenga sus peculiaridades no significa que no sea exactamente el mismo fenómeno. Una característica intrínseca a la clase media es la corrupción moral, social y económica. La sociedad de clase media se mantiene por una especie de pacto tácito entre subestratos, sobre todo entre los subestratos más altos de la misma: yo no miro demasiado lo que haces tú por ahí arriba, pero a cambio, me dejas hacer por aquí abajo. Legiones de pequeños empresarios que pagan y cobran “en B”, o no cotizan por sus trabajadores, parados que hacen chapuzas, honrados profesionales que se jactan en los eventos familiares de su habilidad para la ingeniería contable y para ocultar parte de sus ingresos a Hacienda, colegios concertados de piadosas monjitas que falsean los baremos para que entren los niños de las “familias bien” y no se les cuele un solo negro que no sea hijo del embajador de Namibia, que para esa gentuza ya están los coles públicos… Mientras todo esto funciona, mientras este equilibrio de ilusiones, ficciones y pequeñas o no tan pequeñas corruptelas funciona, todo va bien. El problema es cuando todo este castillo de naipes mojados se desmorona, que es lo que está ocurriendo en Grecia de manera acelerada, y en España, Italia y Portugal de forma más tranquila.

Me decía otro amigo que España es un país en el que la gente pasa de comerse los santos a quemar las iglesias, del inmovilismo más absoluto, a la revolución más descarnada, casi sin solución de continuidad. No es España: es la clase media, otra de cuyas características es su falta absoluta de principios; por eso, cuando ve que peligra su modo de vida, cuando se cae el castillo de ilusiones que les hacía creer que eran más de lo que eran, de pronto, todas las normas que hasta entonces les parecían incuestionables, pierden validez. Así, en la política, la clase media, cuando su mundo se desmorona, opta por grandes giros, y convierte en partidos de gobierno a partidos que antes no aspiraban a representar a más del 10% de la población. Eso, y no otra cosa es lo que ha ocurrido en Grecia. ¿Es malo? No es bueno llegar de esa forma al conocimiento de la verdad, pero es sin duda lo mejor que nos puede pasar, porque perfectamente podían haber girado al revés, y haber mirado hacia la extrema derecha. Muchos lo han hecho hoy mismo, en Grecia, y en otros momentos históricos, las clases medias han optado mayoritariamente por el fascismo para conseguir la vida que creen que les corresponde. Los griegos de hoy han podido recurrir a un líder político (Alexis Tsipras) y un partido (Syriza) que no estaba manchado de ninguna manera por la colaboración con las consignas alemanas, y que por lo tanto tenía credibilidad. No está tan claro que esa combinación se dé hoy en España.

De una forma u otra los griegos de clase media -ante el repentino hundimiento de su mundo- se han dado cuenta de que sólo mediante políticas de izquierda, sólo mediante políticas que ataquen los problemas desde lo colectivo, sólo mediante políticas que restablezcan la capacidad del estado de intervenir en la economía para ponerla al servicio del desarrollo económico y de la lucha contra las desigualdades, se pueden resolver sus problemas y pueden recuperar una vida digna.

Por eso, creo que no hay que idealizar las cosas. El debate de si la sociedad griega es una sociedad corrupta o no, sobre si los griegos han vivido por encima de sus posibilidades o no es un debate fantasma, falso, y que tiene por objeto quitar la mirada del verdadero problema. La respuesta a todo ello es sí: la sociedad griega estaba corrupta, y los griegos han vivido por encima de sus posibilidades. Exactamente igual que ha pasado y pasa aún hoy en el resto de los países de la Unión Europea. Pero eso es una cosa, y otra muy distinta es que los griegos sean los culpables de la crisis. A estos, hay que buscarlos en otra parte.

Los culpables de la crisis, los que la han provocado son quienes han tomado y ejecutado la decisión poner en marcha una enorme operación de recogida de beneficios y reestructuración del reparto de la riqueza tras la desaparición de la amenaza soviética. Una operación que en realidad empezó un poco antes, que se puede remontar a cuando Tatcher y Reagan se inventaron aquello del capitalismo popular. Para poder llevar a cabo esta desproporcionada operación de desmantelamiento del estado como garante de los servicios públicos y convertirlo en un conglomerado de negocios privados con clientela cautiva han buscado la complicidad de las clases medias europeas, permitiéndoles dar sus pequeños mordisquitos al pastel en forma de pequeñas corruptelas, hipotecas que todo el mundo sabía que no iban a pagar y microparticipaciones en el negocio mediante acciones, fondos de inversión y pensiones…. Pero ahora la merienda se ha terminado, y hay que recoger la mesa. El pastel está ya repartido, nos hemos comido nuestras migajas, y las grandes porciones van camino de la nevera, para que las disfruten sus afortunados poseedores cuando les venga bien…

Así las cosas, vuelvo al principio: ¿Hay un Alexis Tsipras español? No, no lo hay, porque la situación no ha llegado aún al nivel de descomposición que ha alcanzado en Grecia. Mi opinión es que llegaremos, y que entonces las cosas se aclararán políticamente y aparecerán nuestra Syriza y nuestro Tsipras. Lo que no tengo tan claro es que, necesariamente, vaya a aparecer en el ámbito de la izquierda radical. Pero ese es tema de otra entrada, que ya veremos si escribo, porque soy de natural perezoso.