Lamentablemente, yo no estudié en la pública. Tuve profesores buenos, incluso muy buenos: recuerdo con especial cariño a don Jesús, el Pescadilla, que me dió Filosofía, y contribuyó a ordenarme la cabeza (mis lectores lo comprueban cada día); o a don Marciano, que me enseñó a que si sabes lo que quieres decir, escribirlo es sencillísimo: “sujeto, verbo, predicado y punto” era su slogan. También recuerdo a Don Daniel, poeta y profesor de literatura, que nos presionaba para que escribiéramos, y que me enseñó un latín del que ya no recuerdo nada, pero que me ayudó a entender la lengua española. Incluso al hermano Estéban, el director, al que apodábamos el Sapo, y que fue la primera persona que me habló del marxismo, o el hermano Pablo, recientemente fallecido, que nos daba bolitas de anis si acertábamos sus intrincados cálculos mentales. También había profesores espantosos, como el Sandalio, que nos explicaba que las imágenes de los campos de concentración nazis eran montajes fotográficos realizados en Hollywood.

Sin embargo, no recuerdo con cariño al colegio Maravillas, un centro elitista de adoctrinamiento del que, entre otras cosas, daban becas a los alumos en función de su apellido. El mismo año que mis padres anunciaron que no podían seguir pagando el centro, me ofrecieron una beca. Otros tres niños no tuvieron la misma suerte. Y no fue por mi expediente académico, que era lamentable, sino por mi apellido. Diez años después de muerto el dictador, todas las clases estaban presididas por dos retratos: el de Franco y el del Rey, y en medio, el testamento del Caudillo. Alguien debió decir algo alguna vez, porque recuerdo al hermano director diciendo un día: “es el ideario del colegio, a nadie se le obliga a venir”. Yo no tenía mucha conciencia política aún, pero aquello me extrañó siempre. El colegio Maravillas era un lugar que recuerdo en general, y con algunas excepciones como las señaladas más arriba y alguna otra que se me habrá pasado, como desagradable, y en el que intentaron convertirme en una persona igual a las personas a las que hoy en día detesto.

Por estos motivos, mi hijo estudia en la pública. Yo no pude. Prejuicios, influencia familiar, yo qué sé qué motivos llevaron a mis padres no sólo a matricularme en un colegio de curas, sino además, a mantenerme después, cuando dejaron de poder pagarlo. Yo, hoy, probablemente podría pagarle un colegio privado a mi hijo, pero no me da la gana: quiero que estudie en la pública. Porque quiero que trate con gente normal y no con marcianos, porque quiero que reciba una educación de calidad, porque no quiero que los curas se le acerquen a menos de dos manzanas de distancia, y porque, además, la pago con mis impuestos, aunque Esperanza Aguirre lo niegue sistemáticamente.

Por eso, aunque yo no estudié en la pública, apoyo la pública (que necesita reformas y cambios, por cierto, pero ese es otro cantar). Así que aquí les dejo este video que me ha llegado a través del AMPA.

Venga... meta ruido por ahí



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