El vídeo que hay sobre estas líneas muestra la detención arbitraria, el otro día en Madrid de un minero que se encontraba tranquilamente hablando con un compañero. Aquí nos explican los cargos que pesan sobre él: nada menos que terrorismo. Los policías que han denunciado al compañero por terrorismo mienten a sabiendas de que mienten y con su acusación pueden arruinar la vida del minero y de su familia. Aún así lo hacen, extralimitándose claramente en sus funciones y haciendo un abuso intolerable de su poder. Hechos como este impiden que los policías se escuden en su trabajo, en su deber o en las órdenes recibidas cuando se les culpabiliza de la represión. Ni el trabajo, ni el deber incluyen poner denuncias falsas, y si las órdenes que tienen consisten en acusar formalmente a los mineros de terrorismo, entonces son órdenes ilegales que no sólo no tienen obligación de cumplir, sino que deben denunciar.

La policía es claramente el enemigo, o al menos forma parte de ese conglomerado al que debemos considerar el enemigo, en el contexto en el que nos encontramos. Estamos viendo decenas de casos como éste en el que los agentes van mucho más allá de sus obligaciones y se emplean con evidente gusto en la represión, yendo más allá de las órdenes que legalmente han podido recibir, e incluso mostrando una envidiable iniciativa.

El otro día, cuando salieron en la tele las imágenes de los cuatro antidisturbios sobre un manifestante indefenso en la concentración de apoyo a los mineros, los vio mi hijo, y me preguntó “¿papi, que le están haciendo?” Cambié de tema, porque no sabía que decirle. ¿Cómo le explicas a tu hijo que la Policía es mala? Es que su bisabuelo, que era mi abuelo, era policía…

En fin, qué impotencia siente uno ante todo esto que nos está pasando…

Venga... meta ruido por ahí



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