0120719

De vez en cuando, tenemos pequeñas alegrías. Esta mañana, 97 furgonetas de la UIP (los antidisturbios) han amanecido con las ruedas reventadas e irrecuperables. Nada menos que cuatrocientos neumáticos de 100 furgonetas traídas de varios puntos de España que deberán ser sustituidos en unas horas. Supongo que sería ya demasiado pedir que las empresas que venden este tipo de suministros se nieguen a vendérselas hoy a la Policía, que esperen a mañana. En cualquier caso, tendrán que darse prisa si Cristina Cifuentes quiere que haya esta tarde antidisturbios provocando a la gente en la manifestación convocada contra el desmantelamiento del estado del bienestar que promueven el PP y el Gobierno de Mariano Rajoy.

Este bendito incidente -quiero manifestar mi admiración por las personas que han llevado a cabo el sabotaje- me da el pretexto para hacer unas reflexiones sobre el papel de la Policía y los policías en este contexto de descontento social extremo y generalizado. Es evidente que la Policía no se puede sumar a las protestas, porque como tal es una institución perteneciente al entramado del estado, y en calidad de tal, no puede ponerse en contra de sí misma. Es, en otras palabras, parte del enemigo. Sin embargo, sus agentes, los policías, sí pueden hacerlo. La pregunta es ¿lo están haciendo?

Hay funcionarios que tienen cierta tendencia a identificarse con la institución para la que trabajan. Entre ellos, están sin duda los policías. Esta actitud, y el carácter semi-militar de su estructura jerárquica, así como la prerrogativa legal de emplear la violencia, provoca que miren con cierta distancia el objeto de su trabajo, especialmente cuando es evidente que están colaborando en algo a todas luces injusto. Les ocurre algo parecido a lo que les pasa a los médicos, sobre todo a aquellos que conviven a diario con la muerte, salvando las distancias: o miran un poco desde lejos, o no podrían enfrentarse a su día a día.

Pero esa distancia con la que los policías se enfrentan a su trabajo, cuando su trabajo consiste en reprimir actitudes ciudadanas colectivas originadas por el descontento social provocado por el desgüace del estado del bienestar, tiende a acortarse cuando ellos mismos, los agentes de policía son afectados por los recortes, cuando se les recorta el sueldo, cuando se cierran centros de salud a los que acuden sus hijos y sus padres, cuando los coles de sus hijos pierden recursos, o cuando sus parejas ven como se les rebaja el paro o lo pierden directamente.

El problema es que a la hora de llevar a cabo sus protestas, los policías tienden al corporativismo, a arreglar sus problemas, utilizando, si es preciso medidas de protesta de gran contundencia, como el sabotaje de esta noche a las furgonetas del UIP -que es más que probable que haya sido ejecutado por polis cabreados, ya que ninguna otra persona podría haber entrado en tales dependencias sin dejar rastro- pero abandonando las reivindicaciones generales o el combate de aquellas medidas que consideran que no les afectan.

Este corporativismo, y la tendencia a confundirse con la propia institución les lleva a utilizar la institución como arma para sus protestas. Así, no es extraño ver a policías locales excediéndose en el celo a la hora de poner multas de tráfico para presionar a la administración a través de la ciudadanía, o bien haciendo, como hicieron el otro día, cuando la UIP permitió que una manifestación nocturna de funcionarios -entre la que había muchos policías- recorriera el centro de Madrid varias veces, cortando el trafico aquí y allá, algo que no hubiera sido permitido a otro tipo de manifestantes, y ello, además, en una actitud manifiestamente amistosa que llevó a algunos inocentes a pensar que la Policía como tal se había sumado a las protestas. Estaban lanzando un mensaje al gobierno: “ojo, arreglad lo nuestro, o miramos para otro lado y se hace el caos”.

Se me dirá: “oiga, don Ricardo, es que no está usted contento nunca con la Policía”. Y tendrán razón. Si la Policía hace su trabajo persiguiendo la violencia de genero, el asesinato, el fraude fiscal, el terrorismo o el latrocinio, la aplaudiré, pero cuando tras su trabajo se oculte la represión de la protesta social, lo denunciaré con la mayor contundencia de que sea capaz. Pero eso es lo relativo a la Policía como institución. ¿Qué pasa con sus agentes, con sus empleados? Éstos son personas, y como personas, pueden actuar, movilizarse, protestar y desobedecer como lo están haciendo muchas otras personas. A ellos, les pediría tres cosas, para admitirles como compañeros en esta lucha:

1.- Que si el Gobierno encuentra la forma de arreglarles “lo suyo”, es decir, mantenerles la paga extra, no nos abandonen. El desgüace del estado del bienestar, que es lo que estamos tratando de impedir, está mas allá de la paga extra de los funcionarios, y les afecta como a los demás, que ellos usan la enseñanza pública depauperada, la sanidad pública recortada y tienen parientes dependientes o parados. Esta petición vale tambien para el conjunto de los funcionarios, que de manera masiva miraron para otro lado cuando se produjo la huelga general contra la reforma laboral.

2.- Al haberse perdido la legitimidad democrática,es aceptable el uso de la propia institución como arma para la lucha, pero por favor, que cuando lo hagan, sea en bien de la lucha general, no para beneficio exclusivo de sus propios intereses sectoriales.

3.- Busquen formas de integrar su lucha individual en la lucha general. Si de verdad hay agentes que simpatizan con las protestas, pueden hacer muchas cosas cuando su trabajo les lleva a reprimir derechos sociales o políticos: pueden equivocarse al tomar la filiación de los manifestantes, para evitar multas, pueden pegar flojito, pueden olvidarse las herramientas a la hora de ir a un desahucio… Si los polis quieren, pueden hacer imposible la represión simplemente cometiendo ciertos errores. Pues que los cometan.

Hay mucha gente desobedeciendo en su trabajo y en la calle. ¿Por qué razón no les podemos pedir ambos policías descontentos ese mismo compromiso?

Venga... meta ruido por ahí



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