Creían que Rusia debía recorrer las mismas etapas políticas que Europa occidental, para llegar, al fin, y al mismo tiempo, al paraíso socialista. Así mismo, estaban de acuerdo con las clases poseedoras en hacer primero de Rusia un estado parlamentario, aunque un poco más perfeccionado que las democracias occidentales, y, en consecuencia, insistían en la participación de las clases poseedoras en el gobierno. De ahí a practicar una política de colaboración no había más que un paso. Los socialistas “moderados” necesitaban de la burguesía, pero la burguesía no necesitaba a los socialistas “moderados”. Los ministros socialistas se vieron obligados a ir cediendo, poco a poco, la totalidad de su programa, a medida que las clases poseedoras se mostraban más apremiantes.

Y finalmente, cuando los bolcheviques echaron abajo todo ese hueco edificio de compromisos, mencheviques y socialrevolucionarios se encontraron en la lucha al lado de las clases poseedoras. En todos los países del mundo, sobre poco más o menos, vemos producirse hoy el mismo fenómeno.

John Reed, prólogo a “Diez días que conmovieron al mundo”.

Venga... meta ruido por ahí



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