Cuando escribo estas líneas, 40 personas están reunidas en el Parque del Retiro, hablando de política. Se trata de una asamblea abierta en la que se analiza la convocatoria de movilización del próximo 25 de septiembre. En dicha movilización se pretende mostrar un rechazo global al régimen político emanado de la Constitución de 1978, y no es una simple protesta puntual ante una iniciativa concreta del gobierno. Es una muestra de rechazo general al régimen y a la Constitución. Quizás ésa sea una de las razones por las que ha suscitado tantas dudas, y por la que la gente esté demandando información. Una reunión de ciudadanas y ciudadanas hablando de política, un domingo por la mañana en un parque céntrico debería ser una imagen normal, además de una práctica que se debería poder llevar a cabo sin miedo a ser molestado por la Policía.

Sin embargo, cuando escribo estas líneas, estas 40 personas que están hablando de política, sin molestar a nadie, sin interrumpir el tráfico, porque están en un gran parque, están siendo identificadas por la Policía, por orden de Cristina Cifuentes, la Delegada del Gobierno en Madrid que ha advertido que tiene una lista de más de 1.000 personas sospechosas por sus inclinaciones políticas, y que muchas de ellas podrían ser detenidas de manera preventiva durante los próximos días para evitar que acudan a la manifestación del 25 de septiembre o que participen en su preparación. No es una amenaza carente de credibilidad: recordemos que en Barcelona ya se detuvo de manera preventiva durante un mes a varios estudiantes y sindicalistas para que no acudieran a la manifestación del Primero de Mayo. Tras identificar a los participantes en la asamblea, la policía les ha advertido de que si les ven en las movilizaciones del 25S, serán detenidos.

Ayer, 15 de septiembre de 2012, durante una manifestación masiva, en la que cientos de miles de personas exigimos -algunas desde lejos, porque la policía puso barreras para que no pudiéramos llegar al lugar en que se celebraba la protesta- un referéndum sobre las medidas con las que el gobierno pretende acabar con el estado del bienestar y los servicios a la ciudadanía, cuatro personas intentaron desplegar una pancarta en la que se apoyaba la convocatoria de la movilización en torno al Congreso de los Diputados prevista para el día 25. Era, tan sólo, una de las cientos de pancartas que se estaban desplegando a esa hora en el centro de Madrid, para acudir a la convocatoria de todas las organizacione sociales y sindicales en defensa de nuestro estado del bienestar. Sin embargo, la Policía evitó que se desplegara precisamente esa pancarta, y con acusaciones falsas de resistencia a la autoridad y negativa a identificarse, detuvo a las  cuatro personas -y maltrató físicamente a una de ellas a la vista de las cámaras- que llevaban la pancarta. Quizás me equivoque, pero creo que es la primera vez desde 1978 que la Policía se encarga de controlar el contenido concreto de las pancartas en una manifestación.

No vivimos en democracia. No tenemos un estado ni unas instituciones que garanticen nuestros derechos políticos, ni nuestros derechos sociales. Este hecho, fácilmente contrastable y cada vez menos disimulado por parte de las autoridades, es la principal toma de conciencia que debemos hacer a la hora de plantearnos si apoyar o no una convocatoria de movilización que plantea comenzar -o quizás continuar- la rebelión por la superación de la Constitución de 1978. Sobre la convocatoria del 25S se han dicho muchas tonterías: que es un golpe de estado, que se va a asaltar el Congreso por la violencia, que se va a impedir el trabajo parlamentario, que lo apoya la extrema derecha… Como confío en la inteligencia de mis lectoras y de mis lectores, sé a ciencia cierta que serán capaces de encontrar la respuesta a estas estupideces, que en su mayor parte no son otra cosa que contrainformación diseminada por las fuerzas conservadoras del régimen, el PSOE y el PP, principalmente.

Dos son los problemas principales que se plantean al 25S: uno, la tentación del régimen de intentar utilizarlo como pretexto para recrudecer la represión y tratar de criminalizar definitivamente el 15M y neutralizar al resto de la oposición democrática, y dos, el carácter que tiene ese “proceso constituyente” al que se nos convoca. Para resolver el primer problema, necesito hablar antes del segundo.

Mucha gente con la que he hablado se muestra preocupada por el carácter de ese proceso constituyente, y dice que los convocantes deberían haber propuesto un modelo de constitución, o al menos unas líneas concretas de por dónde va a ir dicha constitución; otros han manifestado su preocupación por la posibilidad de que se produzca un vacío de poder. Yo creo que estos temores pecan de un exceso de optimismo, ya que quien las plantea parece creer que el 25 de septiembre, una vez rodeado el congreso sin resistencia policial, éste se va a disolver y va a comenzar una nueva era democrática y nos vamos a ver obligados a elaborar la nueva constitución. No va a ser así. Pero sobre todo estos temores revelan que quien los manifiesta no comprende algo que a mí mismo me ha costado comprender: la convocatoria del 25S no nace de una organización política o social con una posición ideológica y política concreta, sino que se trata de una convocatoria muy amplia atravesada por gran cantidad de posturas ideológicas y políticas, aunque con unas líneas rojas claras, y a partir de un acuerdo de mínimos que es el que concreta en el Manifiesto de la Coordinadora 25S.

Es evidente que el 25S no se va a producir un vacío de poder, ni va a caer el gobierno, ni se va a disolver el Congreso de los Diputados; pero el 25S sí va a quedar claro que la contestación directa y global al régimen no es ni mucho menos minoritaria, aunque no tenga aún fuerza suficiente como para destruirlo. Este movimiento de contestación popular no es un partido político, ni quiere serlo, no es una organización con objetivos únicos, ni quiere serlo. El movimiento, el 15M, las asambleas, las mareas, las organizaciones políticas y sociales que poco a poco se van dando cuenta de que la existencia del régimen del 78 no es compatible con el mantenimiento del estado del bienestar, son un nuevo foro político, un embrión de nueva legitimidad de donde debe emanar una nueva institucionalidad que dé lugar a una democracia real que blinde constitucionalmente los derechos de la mayoría, como la Constitución del 78 blindó -con la última vuelta de tuerca dada por el PSOE y el PP el verano pasado- los de la minoría. Por eso, no se puede plantear que el proceso empiece con un documento más o menos elaborado en el que se definan las líneas de la nueva Constitución. Estamos llamados a un proceso constituyente que debe debatirlo todo desde cero, desde el procedimiento y el mecanismo electoral, hasta el texto de la propia Constitución. Estamos ante el principio de un gran debate, y no al final del mismo. Todo ello sin perjuicio de que se hayan marcado, claramente, unas líneas rojas: hay compañeros de viaje que no queremos, porque están en el lado del enemigo. Recomiendo, aunque se pueda hacer largo, leer las preguntas y respuestas de la web de la Coordinadora 25S, así como el debate que se ha suscitado en los comentarios. Es extremadamente interesante y muy clarificador.

Es evidente que todo esto ha puesto nervioso a alguien ahí arriba. De ahí que, en lugar de ignorar el movimiento, estén poniendo en marcha medidas represivas desconocidas en España desde 1978. La policía controlando los contenidos de las pancartas, o interrumpiendo asambleas pacíficas era algo que no veíamos hace tiempo. Ello nos indica que es muy posible que quieran ahogar el movimiento en represión y miedo. Por eso, creo que todas aquellas personas que simpaticen con los objetivos del movimiento, aunque tengan dudas -todos tenemos dudas y a todos nos da cierto vértigo algo que no podemos evitar ver en cierta forma como un salto al vacío- deben acudir a las movilizaciones del 25S, porque hay que responder con nuestra presencia a la voluntad de represión que ya ha manifestado el régimen. Y la mejor manera de evitar la represión es siendo tantos que la hagamos imposible. El 25S vamos a necesitar, más que nunca en los últimos meses, determinación, contundencia y serenidad de ánimo.

Pero no podemos dejar pasar esta oportunidad de alzar la voz para mejorar nuestras vidas, y para hacernos con aquello que es nuestro. Llevamos un año haciendo movilizaciones masivas, llevamos un año reuniendo asambleas de barrio que, cuando han actuado conjuntamente, han tenido más poder de convocatoria que los propios sindicatos de clase -recordemos el último primero de mayo, y comparémoslo con el 12M15M, que también intentó prohibir Cristina Cifuentes. Ahora, después de un año y unos meses, comprobamos que todo eso puede quedarse en un nuevo ritual de nuestra democracia falsa si no vamos un poco más allá: ya no basta con grandes manifestaciones, y luego irse a pasar la tarde a la Casa de Campo, no basta con huelgas generales que, al margen de la repercusión real que tengan, son siempre ganadas por el aparato propagandístico del gobierno, hay que ir un poco más alla: hay que escenificar con contundencia que no estamos luchando simplemente contra unos recortes, sino contra una constitución y contra unas instituciones falsamente democráticas que son incapaces de defender los intereses de la mayoría. El 25S no vamos a hacer caer al régimen, pero vamos a ser muchas personas, muchas más de las que se esperan, y vamos a iniciar un proceso que ya no va a tener vuelta atrás.

Por estos motivos, el 25 de septiembre voy a participar en el intento de rodear el Congreso de los Diputados y de iniciar un proceso de ruptura de las actuales instituciones y de constitución de unas nuevas.

Sin duda alguna.

Nota: la ilustración que hay sobre estas líneas está extraida de www.colaboborara.org.

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