Los sindicatos mayoritarios, es decir CCOO y UGT, han convocado, finalmente, y a remolque de sus homólogos portugueses y griegos, un poco a regañadientes, después de varios meses de ser testigos casi mudos -recordemos que le negaron apoyo a la huelga general convocada por la mayoría sindical vasca contra los recortes- de los ataques históricos a derechos obreros y ciudadanos conquistados durante dos siglos a sangre y fuego, una huelga general.

Lo hacen tarde y mal. No es que no apoye la huelga. La apoyaré, como apoyaré la del 31 de octubre, convocada por la CGT. Sin embargo, se da una serie de factores que van a convertir la huelga en un esfuerzo vano, que va a generar una situación de impotencia, y además, se va a exponer a decenas de miles trabajadores a las represalias para nada. Porque con una huelguita general, no vamos a conseguir absolutamente nada: los planes del gobierno van a seguir su camino, y en Europa se nos va a mirar como si fuéramos unos excéntricos trasnochados, por no hablar de la represión policial y posteriormente la empresarial, que van a campar a sus anchas. ¿Qué ha cambiado en Grecia, después de varias huelgas generales extremadamente contundentes? ¿Se han suavizado los recortes, quizás? ¿Se ha ablandado la voluntad de hierro de la UE o de la metrópolis alemana? La respuesta es un rotundo no.

Las huelgas generales se han convertido en una suerte de encuestas sobre las políticas económicas y laborales del Gobierno de turno que acaban, en el mejor de los casos, con la administración y los convocantes discutiendo sobre las cifras de participación y poco más. Vamos a hacer una huelga contra un gobierno que, en realidad, tiene muy poco margen de maniobra. Es decir, estamos equivocando el objetivo, y además, estamos empleando un medio -la huelguita general- que no es útil para el objetivo que perseguimos.

Por aclarar un poco la cosa: parar los recortes no es posible. De una forma u otra, con una velocidad o con otra, a cara de perro o con lágrimas de cocodrilo, las reformas y los recortes se van a producir y no se pueden parar, hagamos lo que hagamos si no se produce una ruptura constitucional. Y eso vale para una huelguita como éstas tan simpáticas que convocan CCOO y UGT y para las huelgas más o menos violentas, como las que se producen en Grecia. Por varias razones: la primera, que la huelga es una forma de protesta que se convoca con la finalidad de provocar en el enemigo un daño real, contante y sonante, que le obligue a replantearse una decisión lesiva de los intereses de los trabajadores. Con la huelguita general de 24 horas no se hace daño alguno, o, si se hace, el sistema lo absorbe rápidamente, como dijo Mariano Rajoy en aquel foro europeo en el que afirmó que sus decisiones le iban a costar una huelga general. Una huelga que el enemigo no considera como un perjuicio inasumible, sino como una inversión amortizable no debería hacerse, porque los únicos que pierden son los huelguistas.

La huelga general está domesticada. La convoque quien la convoque, CCOO, UGT, CGT o los sindicatos patrióticos vascos. La huelga es el último recurso posible en manos de la clase obrera para cambiar decisiones injustas, la huelga es un acto de desobediencia, es un acto de boicot que busca presionar con la amenaza de causar un perjuicio que debería ser tan inasumible para la otra parte que la obligara a negociar para evitarla. Es decir: que la huelga llegue a hacerse es el primer fracaso de los huelguistas, porque no han sabido transmitir la credibilidad de sus amenazas. Luego, la huelga podrá ganarse o no, pero hacerla es en sí mismo un fracaso.

Mariano Rajoy, las autoridades europeas, no ven amenaza alguna en estas huelgas, por lo tanto, las huelgas se van a producir. Luego, va a haber grandes manifestaciones, después luchas de cifras entre gobiernos y convocantes, llamadas a la movilización permanente por parte de los sindicatos, y, finalmente, se mantendrá el calendario de reformas y recortes, el tira y afloja con los rescates, las reformas legislativas para hacer más ineficaz la huelga aún, y nada habrá cambiado.

Nada más lejos de mi intención que boicotear la huelga del 14N, pero creo que los convocantes deberían reflexionar sobre el objetivo real que deben perseguir. Hay que recuperar el espíritu de la huelga general como gran acto general de desobediencia, como golpe de mano de los trabajadores, como muestra de poder. Si nos están haciendo mucho daño, si está en caída libre nuestro poder adquisitivo, si desaparecen derechos sociales y políticos que se conquistaron con sangre, si nuestra calidad de vida retrocede, y todo ello como secuencia de una crisis especulativa y financiera provocada entre otras cosas con este objetivo, no tenemos más remedio que dar una respuesta igual de contundente.

Paremos el país 14N. Pero parémoslo de verdad. Que no se mueva un autobús, que no salga un tren, que el metro se congele, desobedezcamos los servicios mínimos, sean o no abusivos, y establezcamos nosotros aquellos que sólo de forma muy puntual consideremos imprescindibles. Rompamos todo aquello que sea susceptible de ser usado por un esquirol para trabajar, y traslademos al centro de las ciudades la huelga con piquetes malencarados que muestren a la esúpida clase media lo que la clase obrera puede hacer con su precioso país. Es decir: amenacemos con hacer un daño tal que el Gobierno no lo pueda asumir. Pero ni aún así la huelga será efectiva. Un golpe de fuerza de ese estilo lo que conseguirá es un aumento de la espiral represiva del gobierno, que ya ha dado muestras de que en eso no le tiembla el pulso, y si no lo consiguen es más por falta de inteligencia que de voluntad.

El problema es que los sindicatos mayoritarios, es decir, fundamentalmente CCOO y UGT, son parte del sistema político que nos ha traído hasta aquí. La Constitución, todo lo que consagra la Constitución, es el problema, y en ella no hay solución alguna. ¿Para qué queremos una Constitución que no ha sido capaz de evitar que una minoría se haga con el poder real y recorte sistemáticamente la propia democracia y el estado social? Si el objetivo de la Constitución es garantizar la democracia y no lo consigue, habrá que asumir que no vale, y ponerse a trabajar en una nueva.

Los sindicatos como parte y representantes que son de la clase obrera, deben asumir la realidad y colocarse fuera de la Constitución. Es simplemente un cambio de actitud: asumir que las huelgas son políticas, que se hacen para relamar aumentos salariales, pero también para cambiar regímenes políticos lesivos con los intereses de los trabajadores. No estamos en un periodo de normalidad democrática, sino más bien de excepcionalidad en el que se nos están robando derechos que se ganaron con huelgas políticas y valientes. No caben posturas calculadoras y conservadoras; sólo cabe, incluso por lealtad hacia quienes lo arriesgaron todo, y en no pocas ocasiones lo perdieron, luchando por derechos de los que hemos disfrutado durante años, el compromiso pleno, sin cálculos ni posturas conservadoras, con su mantenimiento y mejora.

Puede parecer cuando escribo de esta manera que pido una asunción de riesgos demasiado altos. No es así. Vivo en una sociedad ex-satisfecha y cobarde, y yo mismo, como parte de ella, soy cobarde. Temo perder lo que tengo, pero a la vez creo que es muy posible que ya lo haya perdido, que ya lo hayamos perdido, que no haya marcha atrás, que caminemos hacia una sociedad absolutamente injusta, como las que conocieron quienes vivieron el capitalismo del siglo XIX. De ahí mi desesperación y mi alineamiento con quienes han decidido que ya basta, y que nuestro futuro será sólo posible en un régimen político diferente a la democracia de 1978. Hoy somos minoría, sin duda, pero también sin duda, nunca antes habríamos podido pensar que íbamos a ser tantos como somos. Y si no somos más es porque organizaciones a las que me siento cercano, organizaciones que es incomprensible que no se den cuenta -o prefieran no dársela, no sé- de todas estas cosas, como CCOO o Izquierda Unida, no deciden de una vez sumar sus fuerzas a la lucha por la superación de un régimen político que ha sido incapaz de garantizar nuestros derechos sociales y políticos.

Todo esto es cierto, salvo que esté absolutamente equivocado.

Venga... meta ruido por ahí



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