A mí me detuvieron al día siguiente de haberse publicado el llamado «Manifiesto financiero», en que proclamábamos que la bancarrota de las finanzas zaristas era inevitable, declarando categóricamente que el pueblo victorioso no reconocería las deudas contraídas por los Romanov. «La autocracia no ha tenido jamás la confianza del pueblo ni ha recibido de éste mandato alguno», decía en aquella declaración el soviet de los diputados obreros. «Decretamos, por tanto, que no hemos de consentir que sean saldadas las deudas nacidas de todos esos empréstitos emitidos por el gobierno zarista, en abierta guerra contra el pueblo ruso». A los pocos meses, la bolsa francesa contestaba a nuestro manifiesto abriendo al zar un nuevo empréstito de tres mil doscientos cincuenta millones de francos. La prensa reaccionaria y la liberal se burlaban de aquella amenaza fanfarrona que los soviets dirigían a las finanzas del zar y a los banqueros europeos. Después, se intentó hacerlo pasar al olvido. Pero debía entrar por sí mismo en la historia. El derrumbamiento militar del zarismo fue acompañado por la bancarrota financiera del régimen, que venía gestándose desde muy atrás. Al triunfar la revolución, los comisarios del pueblo, el 10 de febrero de 1918, decretaron que quedaban canceladas totalmente las deudas zaristas. Este decreto sigue vigente. Se equivocan los que dicen que la Revolución Rusa viene a dejar incumplidas las obligaciones. ¡Las suyas no! La obligación que contrajo ante el país el día 2 de diciembre de 1905, con el manifiesto de los diputados obreros de Petrogrado, quedó cumplida íntegramente el 10 de febrero de 1919. Y la revolución puede decir con justicia a los acreedores del zarismo: «¿De qué os quejáis, señores? ¡Bien a tiempo se os advirtió!»

En esto, como en muchas otras cosas, el año 1905 no hizo más que preparar el advenimiento del 17.

“Mi vida, memorias de un revolucionario permanente”,
León Trotsky, Debate, Barcelona 2006.
Páginas 207-208.

Venga... meta ruido por ahí



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