Partes interesadas atribuyen gran valor a la organización política de la izquierda griega, Syriza, por su espíritu unitario, y por haber sido capaz de acoger en su seno a prácticamente todo el espectro de la izquierda alternativa griega. Es cierto que ése es un gran valor. Pero no es el principal valor. Lo más importante de Siryza, lo que le ha hecho conseguir más votos que cualquiera de las fuerzas políticas de la izquierda alternativa de la Unión Europea, lo que ha provocado que, por primera vez en la historia en un país miembro de la UE la izquierda alternativa haya estado a punto de formar gobierno, ha sido su actitud radical de no colaboración. Aunque no lo ha dicho así, Siryza ha bloqueado institucionalmente Grecia por su negativa a entrar en un gran pacto nacional que legitimase políticamente la destrucción del estado del bienestar. En palabras de su líder, Alexis Tsipras, “no se negocia con el infierno“. En ninguna circunstancia y por ninguna razón.

Otras partes interesadas acusan a Syriza, precisamente por esa actitud, de purismo radical y estéril y de no querer mancharse las manos. Son excusas de quien ya tiene las manos sucias, porque han pactado con la reacción la destrucción del estado del bienestar. No es una acusación cierta: Siryza se presentó a las elecciones con la voluntad expresa de gobernar, pero en unas circunstancias concretas: siendo la que llevase la sartén por el mango y con fuerza para imponer sus políticas sociales y democráticas. En otras palabras: Querían gobernar para provocar un cambio de paradigma político, un cambio de un cariz tal, que las políticas de la troika, las que nos presentan como únicas políticas viables se convirtiesen en inviables: el sólo hecho de que se produjese una auditoría de la deuda, para comprobar qué parte de ella es legítima y qué otra parte no, habría supuesto un gran revulsivo económico y sobre todo social y político en Europa, y cosas que hoy nos parecen impensables, no nos lo parecerían tanto.

En definitiva, la izquierda griega ha sabido ver que dentro del sistema político y económico de la UE no hay futuro para el estado del bienestar, porque la destrucción del estado del bienestar es ya parte necesaria del sistema político y económico de la UE, al menos en los países del sur.

La izquierda española no es tan inteligente, y no ha sabido ver eso aún. La izquierda española -los sindicatos mayoritarios, Izquierda Unida y lo que quede de izquierda en el PSOE- es presa de un espejismo y está atrapada en el laberinto del consenso constitucional. La izquierda española cree que es posible ocupar gobiernos autonómicos para desde ellos ablandar los recortes, retrasarlos o tratar de conjurarlos de alguna manera, pero lo cierto es que con la Constitución de 1978 ocurre lo mismo que con el sistema político de la UE: no ha sido capaz de garantizar ni el estado del bienestar, ni los derechos civiles y democráticos que ya también están en cuestión.

Hay dos ejemplos claros en España de lo que significa ese espejismo que aturde a la izquierda española: Extremadura y Andalucía. En Extremadura, la izquierda -es decir, IU- ha mantenido una actitud acertada: no se apoya ni al PSOE ni al PP, ya que ambos partidos son los brazos que ejecutan -bien es cierto que con diferentes estilos- en España las políticas que dicta Berlín a través de Bruselas. En Andalucía, sin embargo, el mismo partido político, Izquierda Unida, ha hecho justo lo contrario: dicen que creyendo que iba a poder ablandar los recortes, decidieron apoyar al PSOE en la formación del Gobierno, y, además, entraron en él. En Andalucía se han convertido, lisa y llanamente en quienes hacen los recortes que Merkel y Montoro ordenan desde Berlín y Madrid.

Pero no se negocia con el infierno…

Por eso, si yo hoy estuviera convocado a las urnas en Galicia, Euskadi o Cataluña, me encontraría ante un grave dilema: apoyar electoralmente alguna de las candidaturas de izquierda -AGE, EUiA-ICV, Ezker Anitza o EH Bildu-, contribuyendo con ello a aumentar su fuerza política, pero legitimando también el sistema político que nos ha traído hasta aquí y que nos ha hecho perder gran parte de nuestros derechos sociales y políticos, o bien no apoyar electoralmente a ninguna fuerza política, dado que conozco su tendencia a olvidar sus promesas electorales según se celebran los comicios, y empezar a calcular y negociar la formación de gobiernos, de manera que, finalmente mi voto acabaría sirviendo para apoyar de una forma u otra un gobierno que sería la correa de transmisión de las políticas regresivas y antisociales de Madrid, Berlín y Bruselas.

Sopesadas ambas opciones, creo que finalmente me inclinaría por no votar, y creo que esa será mi actitud en el futuro, a no ser que aparezca una fuerza política que, como Siryza, crea que no se negocia con el infierno, y que sólo esté dispuesta a asumir el Gobierno si es para poner en marcha una serie de reformas que, de hecho, condujeran a la destrucción del régimen de 1978 con el objeto de recuperar y blindar nuestro estado del bienestar.

Y eso, hoy, en España, significa ponerse fuera del consenso constitucional.