20130615-212938.jpgA ver cómo lo explico yo.

Montserrat Gomendia es la Secretaria de Estado de Educación, Formación Profesional y Universidades. Al parecer, es una investigadora del copón, bióloga experta en ecología de la reproducción, cosa que valoro enormemente. También es, de todos los ministros y secretarios de estado, la segunda que más patrimonio declara, lo cual, no me parece ni bien ni mal, ya que cada cual tiene el patrimonio que, por medios legítimos, puede acumular. No puedo decir si Gomendio es del Opus Dei o no, pero sí que ha estudiado en centros vinculados a esta secta ultracatólica. No es que las circunstancias anteriores sean importantes, pero tienen su papel en lo que a continuación voy a intentar decir. Veremos si con éxito o no.

Resulta que Montserrat Gomendia ha hecho unas declaraciones sobre los estudiantes que se negaron a saludar al ministro Wert y a ella misma en la entrega de los premios nacionales de Fin de Carrera, dotados con 3.000 euros. Al parecer, y según esta señora, los estudiantes son unos “maleducados” y lo que tenían que haber hecho para ser coherentes es negarse a aceptar el premio, renunciando con ello a la dotación económica que llevan aparejada. Pero lo que realmente preocupa a Gomendio es una cuestión “más de fondo”: a juicio de la Secretaria de Estado, se “está perdiendo el respeto a poder discrepar de forma educada, debatir con tranquilidad, con sensatez y racionalidad posiciones por muy enfrentadas que estén”.

Esto viene a ser como el “que se jodan” de la Fabra, pero en versión educada y recatada. Lo primero que llama la atención es el sentido patrimonialista que tiene la derecha española del Estado. ¿No es la sociedad española la que premia a sus mejores alumnos, a los que más se han esforzado y a los que han obtenido las mejores calificaciones, con un reconocimiento social y una cantidad de dinero? Es que, por las declaraciones de la señora Gomendia, da la impresión de que han sido ellos, el ministro Wert y ella misma, los que con gran esfuerzo y admirable generosidad, , han rascado sus bolsillos para premiar con 3.000 euros a los alumnos homenajeados. Parece no darse cuenta está señora tan ilustrada de que ella y el ministro no son más que instrumentos nuestros -de toda la sociedad- para premiar a estos jóvenes, y que el premio no está condicionado a que den o no la mano al Ministro, ni a que acepten o no el sistema educativo que quieren imponernos.

Pero vamos a la cuestión “más de fondo”, porque tiene razón la señora Gomendia en que es más importante. Es, de hecho, central. Ya no es posible discrepar de forma educada, debatir con tranquilidad, con sensatez y racionalidad posiciones por muy enfrentadas que estén. No lo es por una razón bien sencilla: estamos ante la imposicion de un sistema educativo de clase que hay que parar, y hay que pararlo por todos los medios, incluida la mala educación. Yo no sé qué espera la señora Gomendio: sentarse en una mesa de caoba, sobre una mullida alfombra en alguna lujosa sala del ministerio para explicar a los alumnos que no van a examinarse de selectividad porque no pueden pagar las tasas, o a los padres y madres que temen el cierre de los colegios, porque en ellos sus hijos comían, y ahora, en vacaciones, ya no está tan claro que vayan a comer, que su sacrificio es necesario para premiar el esfuerzo y fomentar la excelencia. No sé,pero si yo fuese uno de esos padres, uno de esos estudiantes, no me sentiría muy educado. ¿Cómo pueden reclamar educación a los demás quienes se han reído de un gobierno que garantiza por Ley que los niños coman todos los días, o quienes llaman nazis a quienes luchan por conservar las viviendas que les quieren quitar los bancos?

No estamos en un periodo democrático ordinario: estamos ante un proceso de reparto de la riqueza amparado en una crisis provocada, que busca convertir en negocios los servicios sociales, aunque ello suponga dejar fuera a aquellos sectores que no son rentables. En el caso de la educación, lo que están haciendo, de manera clara es montar un sistema de selección de clase que dé lugar, por un lado a masas de trabajadores precarios no críticos y desmovilizados, y por otro a una minoría bien formada y reclutada entre los miembros de la clase dominante, que es la que va a poder asumir que sus hijos concluyan los ciclos formativos.

En fin, en esta situación, no parece haber mucho lugar para la buena educación: estamos hablando de la vida de las personas, no del contraste académico de ideas que no afectan a nuestra felicidad. Y la defensa de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad es, según algún textos que tanto gusta a nuestros liberales -y con razón- motivos para alzarse contra la tiranía.

¡Coño, mierda, ya!

Venga... meta ruido por ahí