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Lo que más me jode de los liberalpinochetistas, aparte del hecho mismo de que se puedan mover libremente por el mundo emitiendo sus odiosas opiniones y avasallando a la gente decente, es el robo que han hecho del lenguaje, y a través de él, de los conceptos, conceptos como la libertad, el progreso o la democracia, contra los que, hace apenas unas décadas se batían, sin complejos y a pecho descubierto, a sangre y fuego, y causando, tanto si era preciso como sí no, muertos a centenares en su sagrada cruzada. Estos liberales, cuyas libertades económicas son inversamente proporcionales a las libertades políticas de la gente común, rechazan y condenan a Salvador Allende, que dio su vida defendiendo las libertades y la democracia chilena, y no condenan a Augusto Pinochet, que asesinó a miles de chilenos, empezando por sus legítimas autoridades democráticas, se han apropiado especialmente de una palabra y del concepto al que representa: totalitario. Es la gran victoria del  liberalpinochetismo: le han dado la vuelta al mundo.

Les encanta llamar totalitarios a todos aquellos que no comulgamos con sus estúpidas, erróneas y, probablemente criminales ideas. Así, estos días ha dado la nota Antoni Camps Casasnovas, un diputado autonómico fascista del PP Balear, un impresentable ultraderechista embozado que no duda en acusar de totalitarios a los profesores de las islas que, en defensa de sus puestos de trabajo y de sus condiciones laborales -cosas ambas perfectamente legítimas por sí solas- pero también en defensa de la escuela pública, han emprendido una huelga indefinida.

Se podrá discutir si una huelga indefinida en la educación es un instrumento adecuado o no. Yo mismo tengo argumentos para ambas posiciones y no tengo clara mi idea. Pero lo que no se puede hacer -o sí, porque estos fantoches del Partido Popular lo hacen cada vez con más frecuencia- es irrumpir en el debate político con amenazas propias de un matón fascista, como ha hecho Camps, cuando, al finalizar un artículo, bastante pedante por lo demás, como es típico de lo liberalpinochetistas, que todos se creen profesores de algo, asegura arrogantemente que “lo positivo de esta huelga es que sabremos con nombres y apellidos, quiénes están preocupados por el futuro de nuestros hijos, y quienes, por el contrario, juegan con los alumnos para conseguir resultados políticos“.

Eso si, los totalitarios somos los demás: los profesores, los padres y las madres que les apoyamos, los médicos que resisten a la privatización de los hospitales, o los pacientes que se enferman más de lo que deberían, quienes nos manifestamos en las calles escandalizados por el desmantelamiento de la democracia social que apenas había empezado a formarse…

Lo que son las cosas: el totalitarismo no es otra cosa que la identificación en una sola cosa de otras cuatro: nación, pueblo (o clase), estado y partido (o sindicato), y eso que es justamente lo que hace el impresentable diputado fascista en su articulito, cuando asegura que “sabremos“, o cuando habla de “nuestros hijos“. ¿Los hijos de quién, quiénes exactamente “sabremos” los nombres y apellidos de los valientes huelguistas? ¿Los hijos del pueblo, quizás? O, más claro aún, ¿es el puebloel que sabrá los nombres y apellidos de los huelguistas para aplicarles un justo castigo, o será más bien el estado, o el partido (popular)?

El fascista Camps debería saber que nadie, más que sus empleadores, es decir, la Consejería de Educación, debería conocer los nombres y apellidos de los huelguistas, y a los únicos efectos de no abonarles los días de huelga, pero ni mucho menos para represaliarles de ninguna forma por participar en una huelga. Pero en ningún caso, en ningún caso, repito, esos nombres  y apellidos pueden acabar en manos de los padres de los niños o mucho menos, del Partido Popular, que es lo que nos sugiere este patético Mussolini en su artículo.

El Partido Popular es un partido fascista que debería estar ilegalizado. Ya hace unos meses Cristina Cifuentes -otra fascista de tomo y lomo- aseguró que tenía una lista negra de disidentes madrileños que participan en las manifestaciones. Bueno, ella es delegada del Gobierno y -al margen del uso que haga de ellos, que es la represión y el espionaje políticos- tiene los datos legítimamente. Pero Antonio Camps, en ningún caso debería poder llegar a tener en su poder una lista de huelguistas. Y él está convencido de que la va a tener, tal y como declara en su libelo. Eso es totalitarismo, pero de verdad, no retórico. Estamos a un paso de que esas listas de huelguistas o de disidentes acaben en manos de esos indeseables que comparten militancia en las Nuevas Generaciones del Partido Popular y en grupúsculos de descerebrados neonazis.

Al tiempo.

Venga... meta ruido por ahí