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No me gustan las etiquetas. Creo en la unicidad del ser humano, por lo que una sola palabra no puede describir mis ideales, pensamientos o aspiraciones. Sin embargo, de escoger una sola, creo que liberal es la que mejor me define. O al menos, la que lo hace menos mal. Ahora bien, liberal en sentido completo. Detesto profundamente a todo aquel que tenga el cuajo de denominarse “liberal en lo económico” ya que no suelen ser más que conservadores de toda la vida (de Dios) a los que le da vergüenza reconocer que votan al PP (lógico por otra parte). Así que cuando me defina a mí mismo como “liberal”, tengan en cuenta que solo hago uso de una etiqueta.

Por eso cuando Don Ricardo me ofreció escribir “un liberal en Moscú”, pensé en lo difícil que  iba a resultar defender mis ideas políticas o sociales. No solo por la distancia que nos separa de a mayor parte de ustedes, también por el nivel demostrado de los que por aquí pasan. Sí, esto de adular al lector ha sido de primero de demagogia, algo así como cuando el guiri de turno, en mitad del concierto dice “HOLA MADRID!!”, sin tener ni puñetera idea de lo que está diciendo. Pero como ya he dicho, me puede el miedo escénico ante tanto oponente.

La solución al problema fue sencilla. Tras desechar entradas bruscas y excesivamente polémicas busqué puntos de acuerdo, el mínimo común múltiplo entre el liberalismo y lo que quiera que sea usted, querido e inmerecido lector (ya van dos veces que tiro de demagogia). No me costó mucho encontrar un enemigo común: La Iglesia.

Como liberal, creo que la Iglesia cubre unas necesidades que son privadas y por tanto la sociedad no debe asumir sus costes, creo que nadie más que el Estado debe definir cuáles son los festivos del calendario, creo que si la Iglesia quiere asumir tareas en la educación y formación de los ciudadanos, debe hacerlo con su presupuesto y sin un euro de subvención pública, creo que ninguno de sus empleados debe recibir ayuda económica por parte del Estado y que deben ser sus seguidores quienes la mantengan económicamente.

Y dirá usted: “Pues vaya acojonao que es el liberal éste. Venir aquí a poner a parir a la Iglesia no tiene mérito” Y tiene razón. La diferencia entre usted, estimado rojo, y yo, es que puedo intercambiar sin problema las palabras “la Iglesia” por “los sindicatos” y estar igual de cómodo con el texto.

Venga... meta ruido por ahí



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