liberal500 En una extraña versión del cuento de Monterroso, Argentina se ha levantado de su pesadilla y se ha encontrado con que, lamentablemente, su dinosaurio seguía en la habitación. Las políticas del marxista-keynesiano (si es que eso es posible) ministro de Economía Axel Kiciloff, están llevando al país a una situación terrible en el que el fantasma de la hiperinflación vuelve a sobrevolar. Un país grandísimo, con todos los recursos disponibles, con una población mucho mejor formada que la de sus vecinos está corriendo hacia el precipicio sin muchas posibilidades de enderezar su rumbo.

El miércoles pasado el peso se devaluó como no lo había hecho en 12 años y la caída continuó toda la semana. El banco central se está dejando las reservas de dólares intentando mitigar el golpe y se ha decidido crear un extraño sistema de compra de dólares para que aquellos que menos tienen puedan comprar más. A mí si me lo explican se lo agradecería, porque si no voy a creer que simplemente se han vuelto locos. Al final predecir el futuro no es tan complejo: Si te dedicas a nacionalizar empresas extranjeras, lo normal es que esas empresas se piensen dos veces entrar en el país, si haces como Venezuela y fijas el precio de venta de las televisiones de plasma  (por debajo de lo que le cuesta a la empresa importarlo), aparece el desabastecimiento.

Mi problema con esta new age marxista abanderada por Argentina es que no les acabo de entender. Asumen que solo se puede mejorar si la iniciativa privada existe (cosa que nunca hicieron sus padres) pero da la sensación de que en el fondo, les jode aceptarlo y hacen todo lo posible por renegar de ese hecho. Y no se dan cuenta de que, por más que luchen, no se pueden cambiar las leyes del mercado. Yo puedo creer que la ley de la gravedad es tan odiosa como la deuda del Estado, puedo gritar que no debería afectar a los pobres igual que a los ricos, incluso puedo legislar asegurando que, mañana, los necesitados no se verán afectados por ella. Me dará igual, cuando despierte, la gravedad todavía estará allí.

No podemos abandonar a la sociedad en las manos del mercado y que sea lo que Friedman quiera, pero las acciones que tomemos no pueden intentar cambiar el sentido de la gravedad. En España aparecen cientos de casos al respecto. Por poner uno de los más sangrantes: Tenemos un problema evidente con las cuencas mineras: miles de personas vinculadas a una actividad peligrosa, incómoda, contaminante y deficitaria. El mercado (libre) penalizaría esas actividades, cada vez con peores sueldos y el sector moriría solo. ¿A qué coste? pues seguramente dejando gente descolgada del sistema, muy difícilmente recolocable y con pocas posibilidades de salir adelante por sí mismos. El modelo español es: vamos a meter dinero a mansalva en un sector irrecuperable a ver si por gracia divina (o como dice nuestro ministro de Interior, gracias a Santa Teresa de Jesús)  llega el día en que vuelve a ir bien. Conclusión, el modelo cada vez necesita más dinero, sigue sin ser rentable y el problema es aún peor que antes.

Yo propongo un modelo en el que, sin abandonar a la sociedad, sí se sea consciente de las reglas del Mercado. Volvamos al carbón, todo el dinero que íbamos a usar en subvenciones, lo vamos a dedicar a buscar una alternativa: planes de formación, alargamiento de la duración de la prestación por desempleo, créditos blandos para el inicio de actividad económica y eliminación de impuestos. No abandonamos a nadie, pero no nadamos contra la corriente.

 

 

Venga... meta ruido por ahí



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