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Carlitos tenía trece años aquel 23 de febrero de 1981 en que los guardias entraron en el Congreso y zarandearon a todo un teniente general y al presidente del gobierno, y recuerda, sin que se lo tengan que poner en la tele, a Gutiérrez Mellado de pie, con los brazos en jarras, a Suárez sentado en su escaño, y aquellas ráfagas de ametralladora, que parecía que habían matado a todo el mundo. Dicen que Carrillo también se quedó sentado, pero Carlitos sólo recuerda a Suárez.

Carlitos recuerda que en su familia se rezó mucho para que el Ejército tomase de nuevo el poder, y que Suárez era un concepto que cuando salía a la conversación, solía envenenar las reuniones familiares. En casa tenía pocos apoyos. Alguno había, la abuela entre ellos, pero muy pocos.

La abuela murió en diciembre de 1981, y debió de morir satisfecha, porque consiguió sacar la bandera constitucional de España a la ventana el día 6 de diciembre, Día de la Constitución, a pesar de la resistencia de varios de sus parientes, tal y como había pedido el gobierno de Suárez que hicieran los españoles aquel año que había empezado con el intento de los militares de tomar el poder.

Hoy, 34 años después de todo aquello, ha muerto Suárez, y Carlitos, don Carlos ya, con 47 años, mira a su alrededor, y ve que todos aquellos parientes que despreciaban a Suárez hasta lo indecible, que deseaban verlo fracasar, que se alegraron de su dimisión, que le llamaron traidor y que tuvieron sueños húmedos el 23 de febrero de 1981, son hoy demócratas de toda la vida que votan a Partido popular y derraman lágrimas de cocodrilo por el que llaman Primer Presidente democrático de España.

Pues vale.

Venga... meta ruido por ahí



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