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Miren, yo no soy veterinario, ni soy epidemiólogo, ni médico, ni estadístico, ni enfermera; no sé nada de pandemias, ni de vectores de contagio, ni del ébola, ni de seguridad laboral, ni de protocolos; lo ignoro casi todo sobre trajes aislantes, no sé si el ébola se transmite por la caca, o por el aire, no sé tampoco si unas sabanas y una cinta de seguridad son suficientes o no para aislar una habitación de hospital. Desconozco, igualmente, si son mejores los trajes aislantes de los alemanes, los de los noruegos o los nuestros, aunque tengo gusto suficiente como para distinguir que son más molones los de los alemanes, que no llevan papel celo.

Todos ustedes, en cambio, deben de saber mucho acerca de todas esas cosas, porque llevan dos días hablando sobre todo ello, y con mucha autoridad, en las redes sociales y en los bares. Yo prefiero hablar de política, porque la aparición del ébola en Europa de la mano de España, un país al que cada día da más vergüenza pertenecer y del que con gusto me independizaría si tuviera una nación alternativa, es un asunto principalmente político.

No nos encontramos ante un problema de mala gestión, ni ante un error médico: lo que está ocurriendo estos días en España tiene una motivación política: durante años el Partido Popular ha estado negociando y mercadeando con nuestra salud, con nuestra capacidad de prevención y con nuestro sistema público de salud. Han desaparecido unidades de hospitales destinadas a enfermedades infecciosas, han convertido hospitales públicos de calidad en hoteles en los que se despachan aspirinas, y han mandado a los investigadores españoles a trabajar de barrenderos en Alemania. Han decidido aumentar a costa de nuestra sanidad pública los márgenes de beneficios de las empresas que están al otro lado de la puerta giratodia, en las que trabajaron o van a trabajar en el futuro, de las que son accionistas, o que les pagan una comisión, yo qué se… El caso es que esta partida de sinvergüenzas, esta organización mafiosa y terrorista que responde al nombre de Partido Popular, ha puesto en riesgo nuestra vida y la de nuestros hijos.

La peripecia de la familia de Teresa Romero, que se compone de ella, su marido y su perro, viene a ilustrar claramente qué es lo que somos para esta partida de hijos de la grandísima puta, y perdonen ustedes que ni me acerque al calificativo que merecen: separados y aislados el uno del otro, entra la policía en su casa como si fuera un zulo de terroristas, apalizando a quienes estaban en la puerta, y se llevan al perro, el tercero de la familia, para sacrificarlo, a pesar de que mientras unos especialistas dicen que no hace falta, otros dicen que el animal ayuda más vivo y siendo estudiado que muerto. Y mientras esto ocurre, las autoridades sanitarias, que deberían estar ya en el cielo con sus putas vírgenes y no en la tierra molestando al prójimo, se dedican a insultar a la paciente infectada, que es su víctima, a sugerir que ella es la culpable de lo que pueda ocurrir por tocarse la cara -a la puta derecha es que lleva fatal eso de que nos toquemos, no nos debe querer ciegos- y a decir que miente, como ha hecho esta tarde el pollo deslenguado y desvergonzado que ejerce de Consejero de Sanidad en Madrid, un tal Javier Rodríguez.

Ahora van a por Teresa Romero, la enfermera infectada por el brote de ébola, que trajeron a España Rajoy y Ana Mato en una maniobra de propaganda patriotera y absurda que ha resultado ser letal. Necesitan una culpable de lo que pueda ocurrir, y han decidido que va a ser ella. Ahora, supongo, el gobierno le va a buscar lo que sea para que cargue con la responsabilidad personal y judicial de una posible extensión de la enfermedad ¿Vamos a permitirlo?

Yo creo que Teresa Romero va a sobrevivir. No me pregunten por qué, pero supongo que acabará saliendo del ébola. Sin embargo, van a intentar destrozarle la vida como han hecho con el juez Elpidio Silva, y si pueden en el camino llevarse de por medio a las organizaciones sindicales de los trabajadores sanitarios, que les tienen muchas ganas, lo van a intentar. Estemos alerta y no lo permitamos.

Quienes tienen que pagar son ellos, porque lo que han hecho es cometer un delito de alta traición. Poner la vida y la seguridad de toda una sociedad en riesgo para mejorar sus ganancias económicas, para repartirse el pastel de la sanidad pública, no es un error, como he dicho antes, ni una mala gestión. Es traición.

Y la traición no se resuelve con dimisiones. En los países civilizados, la traición se paga con largos periodos de cárcel, e incluso con la vida. Jamás hasta hoy había lamentado la abolición de la pena de muerte. En serio.

Digo.

Venga... meta ruido por ahí