El otro día, hice una broma en twitter: convoqué una pequeña encuesta para que la gente apostara si el Rey iba a salir de civil o de militar. Yo estaba convencido de que iba a salir de militar. Me equivoqué. Una amiga me preguntó si de verdad esperaba que saliera de militar, y yo le dije que si. Me respondió que era un romántico.

Es posible. En el mundo ordenado, las guerras se declaraban y las amenazas eran claras. No se disimulaban las cosas. Sin embargo, en este mundo de hoy, desordenado y sin certezas, nada es ya honesto, todo es basura, incluidas la política y la guerra. Hemos vivido ya varias guerras terribles que no se han declarado, las dos más importantes en Irak y Afganistán, guerras en las que no se reconoce al enemigo ni siquiera como enemigo, sino que se le considera algo que, como no debe existir, debe erradicarse del mapa si preocupación formal alguna. Esas cosas son cosas de románticos.

El otro día, en la SER, un periodista nada afín a los independentistas, aunque no recuerdo cual, veterano ya, decía que él había vivido en España varios estados de excepción durante la dictadura, y añadió que consideraba que la aplicación del artículo 155 acompañado de represión generalizada en la calle, como parece que va a ocurrir en Cataluña, es un estado de excepción encubierto y no declarado. Franco era un romántico, porque iba siempre vestido de militar y declaraba los estados de excepción.

La derecha española no es romántica, es terrible. Y no me refiero a la gente que sale a la calle a gritar Viva España, ni a la que pone las banderas en sus ventanas. Esos sí son románticos. Tienen todo el derecho del mundo a hacer uso de su bandera, a jalear a su patria y a sentirla como les parezca. Yo no la siento así, pero no me molestan. Sin embargo, la derecha española, la derecha verdadera, la derecha discreta, la derecha que no se deja ver, la que habita en despachos forrados de madera en la calle Alcalá, en la calle Serrano, pero también en las principales avenidas de otras ciudades españolas, incluyendo Barcelona, esa derecha no es romántica. Pero es la que manda. Es la derecha para la que trabajan Rajoy y el resto de capataces que cobran sobres en B en la calle Génova. Esa derecha necesita imperiosamente restaurar el orden en Cataluña. Y lo va a restaurar, sin reparar en medios, vestidos de civil y sin avisar, porque no son románticos. No van a fusilar a nadie, como en los cuadros del XIX, ni va a haber rimbombantes manifiestos.

Por eso, voy oyendo y leyendo cosas y me va entrando un cierto miedo a lo que pueda pasar en el caso de que finalmente el Parlament de Catalunya realice la semana que viene una declaración unilateral de independencia. El Partido Popular necesita un pretexto para desatar el terror en la calle y que todo el mundo vuelva a su casa. Y no me cabe duda de que ese pretexto va a ser la declaración de independencia. No van a declarar ningún estado de excepción. Eso daría carta de naturaleza a la otra parte, y además, la imagen de los militares garantizando el orden en uno de los países más poblados y poderosos de la UE, es algo que no le interesa a nadie. Van, lisa y llanamente, sin formalismos románticos, a desatar el terror. Y para ello, en el mundo de hoy que no es romántico, sólo necesitan diez muertos. La semana que viene, si hay declaración de independencia, va a haber diez muertos sobre la mesa. Y los va a haber porque los necesita el gobierno para decir: “Se acabó el juego, vamos en serio. Estos son nuestros mediadores”.

Que esos muertos sean gente que está en la calle o policías –esos policías a los que maltratan laboralmente hasta lo indecible, a los que hacinan en barcos o abandonan en hoteles en territorio hostil, a los que ponen constantemente como fuerza de choque contra la gente y tras los que se parapetan cobardemente- es algo que ni al gobierno, ni al PP, ni a la derecha discreta y no romántica les preocupa, pero van a usar a las fuerzas del orden para conseguirlos, tratando de crear situaciones límite en las que los agentes se vean rodeados y en minoría y hagan uso de sus armas, o en las que de una forma u otra, agentes aislados sean cazados por la gente, transmutada en turba por la tensión a la que les van a someter, y que nadie se sienta ofendido por esto, porque yo mismo he sido turba. En cualquier caso, necesitan esos muertos y van a hacer lo posible por tenerlos, porque esos muertos son los que les abren la puerta, en primer lugar a controlar efectivamente las calles, vacías por el terror, y en segundo lugar, a desatar una ola de represión política que pase por detenciones masivas de políticos y altos cargos de la Generalitat, e ilegalización de partidos dentro y quizás fuera de Cataluña.

España, el resto de España, las personas que vivimos y trabajamos en el resto de las comunidades y provincias de España no podemos permitir eso. Tenemos que dejar claro a nuestras autoridades, al margen de la mayor o menor simpatía que sintamos hacia el independentismo o el nacionalismo –que en mi caso es muy poca, en especial en el caso del nacionalismo- al margen de que seamos partidarios de un estado unitario, federal, común o descentralizado, al margen de nuestra posición política concreta, al margen de que la bandera que nos mueva sea la bicolor, la tricolor, ninguna o el pendón de Castilla, tenemos que avisar a nuestras autoridades que no vamos a permitir que este asunto se resuelva sometiendo a Cataluña a una situación de terror. Probablemente la mayoría de nosotros no queremos que España se divida, pero estamos seguros que no queremos mantenerla unida a sangre y fuego. Por eso hay que salir a la calle el sábado sin banderas, vestidos de blanco a decirles que en nuestro nombre no hagan lo que pretenden hacer.