I

Aunque no legislen sobre ello, todos los pueblos y naciones tienen políticas de memoria histórica. A cualquiera que haya estado en Berlín le llaman la atención los adoquines dorados que salpican las calles y que muestran los lugares en los que fueron capturados muchos vecinos de la ciudad por ser judíos, comunistas o simplemente enfermos considerados inútiles; a cualquiera que haya estado en Varsovia le llama la atención que en muchos portales en los que vivían personas que fueron enviadas a campos de concentración, hay aún hoy en día unos aritos con flores frescas que los recuerdan; a cualquiera que haya visitado Rusia le llama la atención que a la entrada de cada pueblo o ciudad están las listas los vecinos y vecinas que salieron a luchar para liberar Europa del fascismo y no volvieron…

En España, también tenemos algunos ejemplos de política de memoria histórica, y la hemos tenido de siempre, no sólo desde que se aprobó la famosa Ley. Y allí están las listas de “caídos por Dios” y por España en las iglesias de nuestros pueblos desde los años 40. El problema, es que en España, la memoria histórica ha tenido un sesgo político y fue ejecutada hasta 2007 por quienes ganaron la guerra civil, que se olvidaron de recordar a aquellos que habían caído en el otro bando. Por eso, la memoria histórica en España, tenía una deuda: recuperar el recuerdo de quienes perdieron la guerra y fueron víctimas y perseguidos después por la dictadura, reparando en lo posible las injusticias que se cometieron. Lo cual no debe suponer, desde luego un intento de reescribir la historia.

Pero el hecho de que en España la memoria histórica esté focalizada en la guerra civil, no debe ser causa de que a su amparo se cometan excesos y se realicen absurdos y atemporales ajustes de cuentas políticos, como los que algunos ayuntamientos parecen querer realizar mediante las reformas del callejero, reformas que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, se trasladan a otros periodos de nuestra historia

Es más que evidente que en España no puede haber calles dedicadas a Francisco Franco, ni a ninguno de los militares golpistas, así como a los líderes políticos del fascismo español, como ni Hitler, Goebbels, Mussolini o el conde Ciano tienen calles en Alemania o Italia. Pero de ahí a quitarle calles a Manuel Machado o a Pedro Muñoz Seca por razón del bando al que apoyaron en la guerra (o en el caso de Muñoz Seca, hubiera apoyado, de no haber sido asesinado), hay un tramo muy largo que no debemos pasar, si no queremos caer en el sectarismo político más ruin.

II


Todo esto viene al caso de la sorprendente alocución de Ada Colau en Barcelona, explicando que le quitan una calle al Almirante Cervera y se la ponen a Pepe Rubianes. Sorprendente, en primer lugar, porque Ada Colau se refiere al Almirante Cervera, en un claro gesto de desconocimiento del personaje, como un “facha” –y ahí lo deja- , pero también por la curiosa defensa que la derecha ha hecho del pobre Almirante, limitándose a señalar que “facha” es algo que no se le puede aplicar a Cervera porque murió en 1909, cuando el fascismo no apareció hasta al menos 20 años después. Bueno, pues “fascista” no se le podrá aplicar a Cervera, efectivamente, pero “facha” se le habría podido aplicar perfectamente si lo hubiera sido, porque fachas en España ha habido siempre, en especial, por cierto, en el siglo XIX y en la primera mitad del siglo XX.

El Almirante Cervera no era un facha, ni mucho menos. Lo digo y lo sé, porque es un tipo que siempre me interesó, desde que supe por primera vez de él leyendo crónicas políticas en periódicos del siglo XIX, mientras estudiaba periodismo. Era español y militar, y eso para una catalana que no parece tener nada muy claro y cuya identidad en ocasiones se conforma según sopla el viento –como lamentablemente da la impresión de ser Ada Colau- igual ya es suficiente para tildarlo de facha, pero el Almirante Cervera, a diferencia de otros personajes del siglo XIX, como Cánovas del Castillo, O´Donnell, Bravo Murillo, o el mismísimo Valeriano Weyler (a quien no creo que respetara demasiado Cervera) y a quienes, por cierto, no creo que haya que quitarles sus calles, no era un facha.

El almirante Cervera fue siempre afín a las ideas liberales, simpatizó con la revolución del 68 que puso a Isabel II en Londres y mantuvo la lealtad a la legalidad republicana. Pero más importante que eso, que a fin de cuentas no es más que politiqueo, el almirante Cervera fue –y fracasó, como sistemáticamente han fracasado los reformadores en España- un reformador de la Marina. Durante toda su carrera combinó la disciplina propia de un militar con la permanente advertencia al gobierno pacato de turno de la necesidad de reformar la Marina española para poder hacer frente a los problemas que se avecinaban, entre otros, la guerra con Estados Unidos. Fue ministro de Marina y dimitió a los tres meses porque no le permitieron acometer esas reformas, y posteriormente, incorporado de nuevo a su carrera militar como vicealmirante y después almirante advirtió con años de antelación de los peligros que tenía enfrentarse a los EEUU con la armada anticuada y mal pertrechada que tenía España. Recuerdo textos firmados por él en los que avisaba de que construir barcos nuevos y no armarlos suficientemente era lo mismo que no construirlos, y recuerdo cómo lamentaba que el Gobierno fuera incapaz de darse cuenta de que la guerra con EEUU era inevitable. Ademas, en todo momento trataba de calmar el ardor belicista de buena parte de la derecha española de entonces.

Finalmente, al mando de la escuadra de Cuba –y al borde de la insubordinación, después de advertir mil veces al gobierno de que entrar en combate era mandar a una muerte inútil a miles de marineros españoles-, decidió cumplir las órdenes recibidas, lanzándose con su propio buque a combatir contra los americanos, con la intención de salvar la vida de la mayor cantidad posible de sus hombres, en un gesto que acabó en desastre y con él mismo preso en EEUU. Cervera, además, se cuidó en todo momento durante la guerra que se diera a los prisioneros norteamericanos un trato digno y humano, motivo por el cual, posteriormente, cuando él mismo estuvo preso en Annapolis, Estados Unidos, recibió numerosas visitas de familiares agradecidos de aquellos presos, uno de los cuales era un floristero de Filadelfia que inventó la “rosa Cervera”, modificada mediante cruces para que tuviera los colores rojo y amarillo de la bandera española. Si no recuerdo mal, leí que cuando en Estados Unidos supieron una década más tarde de su muerte, se abrió una suscripción popular para poner un pequeño monolito en su recuerdo en Annapolis.

Por esta decisión de obedecer las órdenes de entrar en combate entrando el mismo en batalla contra los americanos y tratando de poner a salvo al resto de la flota, sabiendo, como sabía que la victoria era imposible, la derechona, es decir, los fachas, quisieron procesarlo, pero no pudieron hacerlo, porque era senador y estaba aforado.

En fin, es una pena que el sectarismo político consuma de esta forma a España, y son lamentables actitudes como la mostrada por Ada Colau, no tanto por la injusticia cometida con la memoria de Cervera, como por lo que muestra de la talla intelectual y humana de algunos de nuestros líderes, que prefieren homeajear con una calle a un petimetre como Pepe Rubianes antes que a un hombre como el almirante Cervera.